UNA CRÍTICA AL “SISTEMA”: EL POTENCIALISMO

 

 

 

¿En qué consiste la crítica y cuál es su importancia real en las tareas de la disidencia?

Veámoslo. El sistema actual enarbola una ideología concreta, el antifascismo, pero no por capricho, sino sólo porque requiere esa ideología en cuanto fuente de legitimación discursiva, lo que significa que, como cualquier otro “dispositivo de dominación pública”, el sionismo no podría existir sin la fe de las masas en la verdad del mensaje litúrgico que transmite. Además, es vulnerable a un ataque en ese preciso enclave o función de su estructura donde impera formalmente la denominada “libertad de expresión”. Por otra parte, cabe afirmar que en la actualidad -pero la situación podría cambiar si sobreviniera una crisis de dimensiones planetarias, ocioso es señalarlo- el sistema sólo resulta susceptible de ser seriamente dañado en dicho plano simbólico (¡que no es poco!). En efecto, la apabullante superioridad material del aparato de poder liberal-burgués sionista hace inviable un ataque contra el mismo de tipo violento (militar o de cualquier otra clase, como el 11-S) que no vaya precedido de una victoria política, pero a su vez ésta sólo sería posible, o siquiera “pensable”, en el marco de un horizonte histórico donde se hubieran elevado al nivel de la „opinión pública” las graves incongruencias internas del imaginario simbólico vigente y, a fin de erradicar el universo conceptual ideal y narrativo que lo fundamenta, esta situación posibilitase que se usare contra él mismo de su propia y gigantesca fuerza inercial. La crítica de la ideología es, por tanto, el primer e ineludible paso para todos aquéllos que han hecho de sus vidas una militancia disidente contra las fuerzas de la opresión, la mentira y el crimen que actualmente ejercen su tiranía incontestada. Léase: contra nuestros gobernantes y sus correspondientes hinterlands financieros, propagandísticos, sociológicos e institucionales.

Ahora bien, conviene subrayar que no todo asalto verbal a la ideología del sistema ostenta ya el carácter y el rango de una crítica. El motivo es que no puede esperarse un efecto crítico de desafiar a la ideología antifascista desde otra ideología que le sea totalmente exterior, por ejemplo la magia o una religión pagana, porque, incluso si aceptáramos tamaños dislates, la total hegemonía que el dispositivo de dominación ejerce sobre los medios de comunicación, la educación y la cultura, haría ininteligible y, por ende, inocuo, semejante lenguaje „alternativo”. Por tanto, la tarea de los disidentes NR, nacional-republicanos o terceristas -los únicos disidentes de verdad que yo conozco- es acuñar un discurso que, aceptando ciertos presupuestos a los que el sistema no puede renunciar y ha institucionalizado o hecho suyos de manera compulsiva y subordinada pero omnipresente, por ejemplo las exigencias de verdad y objetividad, y siempre que dichos presupuestos, como lo son los del ejemplo, no sean incompatibles con nuestros propios principios, permita ejercer una crítica racional, desplegando un discurso inmanente al mismo sistema cual iskra que provoque el cortocircuito, „incendio” y destrucción de sus dispositivos simbólicos.

Por último, hay que remachar un principio muy claro: únicamente sobre las ruinas lógicas de su propio colapso conceptual interno se abrirá el espacio -horadado en la gruesa muralla del poder- que permita el avance de las fuerzas políticas revolucionarias, es decir, de aquéllas estructuras externas al sistema capaces de hacerse con la dirección de las instituciones, todo ello a fin de sembrar las semillas de una alternativa de valores éticos en las raíces mismas de la existencia humana y, a largo plazo, de transformar el conjunto de la sociedad. Cuando eso ocurra en Europa, y sólo entonces, podrá empezar a hacerse realidad el sueño de derrotar materialmente al sistema, dondequiera que éste haya instalado su sede, en el plano político-militar. A mi entender, aunque aquí se trata ya sólo de una mera prospectiva especulativa, ese futuro anhelado fervientemente por nosotros hace inevitable un conflicto entre un polo político euroasiático de poder real en cuanto negación autárquica del mercado mundial, y el polo político norteamericano, brazo armado del delirante proyecto de globalización liberal-sionista, es decir, de extinción pura y simple de todas las culturas y pueblos de la tierra, excepto el judío.

Designo con la palabra „potencialismo”, porque alguna hay que utilizar y ya explicaré en su momento el motivo de que se eligiera precisamente ésta, al conjunto de planteamientos filosóficos que debe permitir la reorganización de la disidencia, la identificación y definición rigurosa del sistema como enemigo político, la detección y determinación exacta de su ideología o aparato de legitimación doctrinal, y la acuñación coherente del correspondiente concepto de crítica, entendido no en términos de „lo que nosotros pensamos” -o peor „nos gusta”- , sino de aquéllo que, nos agrade o no, puede estrictamente implementar, optimizar y llevar a su máxima expresión el efecto crítico de corrosión y destrucción de la función simbólica del sistema liberal-burgués sionista a escala mundial.

En definitiva, la crítica supone una determinada jerarquía de valores, pero no „otros” valores cualesquiera „distintos” de los actuales. Como veremos inmediatamente, no todo lo presuntamente opuesto al sistema -como la magia o el esoterismo- pertenece al campo de la revolución, puesto que la crítica y la revolución mismas son instituciones modernas. El pensamiento crítico, la disidencia y el proyecto revolucionario subvierten la actual jerarquía de valores, pero los valores mismos erigidos en alternativa forman ya parte, aunque subordinada, de la conciencia colectiva, de lo cual depende precisamente su operatividad criticista. Pues, para empezar, no existe ni puede existir crítica alguna en el seno de una sociedad tradicional. Este hecho es que el diferenció al fascismo de la extrema derecha y sigue ahí impertérrito ante nosotros como la eterna asignatura pendiente del campo NR.

La refundación potencialista del proyecto nacional-revolucionario europeo

En este artículo vamos a hablar sobre un proyecto que dio sus primeros pasos, meros balbuceos por lo demás rápidamente acallados, en la Cataluña de los años ochenta y fue totalmente estigmatizado y rechazado por los que a la sazón monopolizaban -mejor dicho, usurpaban- el canon del discurso nacional-revolucionario, identificándolo con el pomposamente denominado „pensamiento tradicional”, una pura invención que nada tiene que ver con ninguna tradición europea conocida y que hacía apología de curiosidades tan variopintas como -y sin pretender ser exhaustivos- el esoterismo, la alquimia, la magia, la teosofía, el espiritismo, la brujería, las „paraciencias”, el orientalismo, las religiones exóticas no cristianas, etcétera. Inclúyase en este etcétera cualquier expresión de irracionalidad que resultara útil para apartar a los jóvenes nacional-revolucionarios de izquierdas de toda forma de actitud crítica, autónoma e incompatible con la obediencia ciega a la (falsa) autoridad quasi sectaria de tales gurús filoislamistas (hoy enemigos del islam, mañana ya veremos) y doctrinarios de tres al cuarto, quienes hacían cada mes la cesta de la compra con las ayudas aportadas por los servicios de información del estado, enjuta y hasta miserable retribución por su enojosa y canallesca labor de envenenamiento.

Tales estrategias profanas, cuya banalidad y vulgaridad dejan estupefacto al observador, se situaban en el contexto político general de las décadas anteriores, a saber, cuando la guerra fría, en la que España no fue una excepción sino el ejemplo más diáfano de lo que decimos, había obligado al sistema sostener regímenes fascistoides, en este caso el franquismo, mientras instituciones como la CIA reclutaban colaboradores entre los restos humanos del campo vencido en la Segunda Guerra Mundial (pensemos, por poner un ejemplo, en la famosa Red Gladio) a fin de ponerlos a trabajar contra la „amenaza soviética”. El motivo es que existía incluso entre los nacional-revolucionarios residuales una oscura conciencia de que lo suyo nada tenía que ver con la ultraderecha reaccionaria tradicional que los periodistas, los intelectuales y los políticos liberales identificaban tout court con el fascismo. La tarea de los „infiltrados” ultras fue evitar a toda costa que el proyecto NR redescubriera sus raíces izquierdistas, socialistas y revolucionarias, algo que podía tentarlo, como ocurrió con Ernst Niekisch, a cruzar el telón de acero y traicionar a la denominada „civilización occidental”, léase: al mundo de los burgueses conservadores que van a misa todos los domingos y están preocupados, en primerísimo lugar, por poner a buen recaudo lo que ellos llaman la „sagrada propiedad”. Además, y de paso, por esta vía se agostaba la genuina raíz originaria del fascismo, en el fondo incompatible con la derecha cristiano-burguesa. A tales efectos, nos remitimos a la obra de Julius Evola “El fascismo visto desde la derecha“, cuyo título inequívoco define todo un programa de acción intoxicadora, el cual, no lo dudemos, fue llevado a la práctica con absoluta coherencia por parte de sus discípulos.

¿Cómo hicieron la faena? Para decirlo brevemente, se acuñó de la noche a la mañana una pseudo tradición alternativa, tan retrógrada o más que la católica, y se pasó de la teología de tipo eclesiástico-tomista -que como poco guardaba ciertos residuos de la vieja racionalidad helenística- a un conjunto caótico de creencias „mágicas”, „paganas” y „míticas”, cuando no „satánicas”, que nos colocaban a las puertas mismas de los hospitales psiquiátricos, inhabilitándonos para toda clase de acción reivindicativa en el seno de una decadente sociedad plagada de sectas y de ofertas „culturales” análogas, es decir, perfectamente inofensivas desde el punto de vista político (aunque asaz destructivas en el plano personal), entre las que los evolianos no destacaban especialmente.

En España, una de las resistencias, insignificante por su importancia numérica pero enérgica en su oposición a esta maniobra del sistema, fue el proyecto potencialista, que desde el principio (1984) y sin vacilar apeló a los valores ilustrados, la democracia, los derechos humanos, el socialismo, el estado de derecho, la ciencia y la racionalidad filosófica en cuanto ingredientes del proyecto nacional-revolucionario europeo. Ahora bien, como resortes a los que se ha dado cuerda, los mencionados gurús de entonces se apresuraron a dar buena cuenta de esta iniciativa -que se había concretado en la fundación de la Plataforma Nueva Europa con personas y grupos procedentes del marxismo y de la izquierda comunista- mediante una artera campaña de difamación personal soto voce en la que se intentó desacreditar a los principales exponentes de la propuesta, tildándolos de „problemáticos” (desafiaban frontalmente a los chivatos e impostores del Cesid), „nihilistas” (negaban alborozadamente la „salvación del alma”, ya fuera en el „cielo” cristiano, ya en el Walhalla), „separatistas” (el potencialismo usó en sus textos de la lengua catalana a fin de cortar por lo sano con la putrefacta extrema derecha hegemónica), „traidores” (se declaraban socialistas y revolucionarios, ergo „de izquierdas”, luego: rojos ) y otras imputaciones similares. Dentro mismo de la Plataforma Nueva Europa, donde sin conocerlos fueron amablemente invitados a participar, los maestros del „pensamiento tradicional” con cátedra de copistería desautorizaron sin empacho el propio nacionalismo, eje incontestable de resistencia reivindicado abiertamente por los potencialistas, descalificándolo, en nombre del canon evoliano, como fenómeno „burgués”, mientras ensalzaban sin enrojecer de vergüenza los estereotipos „tradicionales” de sociedad cerrada, singularmente los islámicos, todo ello en nombre del no menos pintoresco canon guenoniano, hogaño hurtado por elemental decencia a la mirada de los curiosos. No obstante lo cual, los que liquidaron desde dentro dicha plataforma en cuanto temprano proyecto de renovación NR, se pavonean en la actualidad como identitarios defensores de la nación frente a la inmigración islámica, abjurando así de sus „ideales” de entonces, unas fórmulas que, empero, les fueron muy útiles para sabotear, a sueldo del sistema, aquel esperanzador proyecto nacional-europeo, y retrasar así veinte años la necesaria refundación del campo NR en nuestra patria. Mientras tanto, la pandilla ya ha intentado reventar varios partidos NR en los que se ha cometido también el error de aceptarlos, y a buen seguro que seguirán con su „trabajo” en el futuro a menos que se tome una decisión drástica sobre el tema, a saber, una lista pública de traidores en la que se les excluya sine die, con nombres y apellidos, de toda nueva iniciativa en el seno de nuestro esforzado quehacer.

La intención que nos guía, empero, no es revolcarnos de forma estéril en las desventuras de una ya extinta asociación, sino más bien prevenir a jóvenes incautos de incurrir en nuestras pasadas ingenuidades, fruto de la inexperiencia, de suerte que aquéllas ya no puedan volver a repetirse, para, dicho esto con la mayor claridad, sumergirnos en el sentido de aquél discurso de disidencia crítica. Más en general, pretendemos abundar en las virtualidades revolucionarias de dicho proyecto metapolítico (la entidad potencialista no fue nunca un partido, sino un ensayo de „frente cultural”) en relación a la lucha contra el sistema liberal-burgués sionista en cuanto „dispositivo de dominación” que controla el mundo occidental, un poder cuyas influencias calan mucho más hondo -incluso en nuestra propia carne- de lo que los discursos disidentes habituales nos permiten captar a primera vista.

Derechos humanos: adiós definitivo al fascismo

El punto de partida de una crítica racional al sistema, fundamento de la lucha política nacional-revolucionaria, es la convicción de que nuestros actuales gobernantes son los mayores impostores de la historia, y ello no sólo por los genocidios y crímenes contra la humanidad perpetrados en su nombre a lo largo del siglo XX, sino por la total impunidad que, al amparo de una victoria militar -léase: de un puro acto de fuerza- pero agitando siempre la enseña de los derechos humanos, les ha permitido juzgar una y mil veces la misma causa, a saber, la del nazismo y el „holocausto”, a fin de aplazar indefinidamente, para decirlo de forma sumaria, el expediente relativo a Kolymá/Dresde/Hiroshima, una comprometida coyuntura en la que los imputados, sin coartada ni eximente alguna, serían los propios fiscales de Nüremberg.

Este factum pone en evidencia que la famosa „lucha contra fascismo” no tuvo una motivación moral ni humanitaria, sino una muy otra, de carácter político e ideológico que, frente a Alemania e Italia, colocaba en el mismo bando a la Unión Soviética, Francia, el Imperio Británico y los Estados Unidos. El abismo ideológico que separaba a los Aliados de las potencias del Eje hay que buscarlo en los valores y ello, por supuesto, vista la aplastante evidencia de los hechos históricos, sin pretender ya engañosamente -como se ha adoctrinado a varias generaciones de europeos- que los valores de los vencedores eran aquéllos que se encarnan en la actual doctrina de los derechos humanos, a menos que ésta sea compatible con el exterminio sistemático y planificado de decenas de millones de personas. No vamos a entrar aquí en el tema filosófico de la ética, del que ya nos hemos ocupado en otros artículos de forma provisional, pretendemos sólo limitarnos a subrayar que todas las tentativas, sin excepción, de plantear la crítica al sistema como un ejercicio de negacionismo de los crímenes del bando fascista están condenadas al fracaso y carecen moral y políticamente de sentido. De lo que se trata hoy es de comparar, de hacer balance y de analizar públicamente las causas de unos y otros hechos históricos, tarea crítica por excelencia que se nos hurta de forma reiterada a pesar de que el ideario oficial del sistema, sobre el papel al menos, no podría nunca prohibírnoslo. El motivo, insistamos en ello, es que incluso el más superficial análisis de la realidad histórica coloca en el banquillo de los acusados a los supuestos „demócratas” con la misma o mayor razón que a los dirigentes nacionalsocialistas.

De la circunstancia descrita se siguen fulminantemente las siguientes conclusiones: 1/ no es posible ni aceptable reivindicación política alguna del fascismo, aunque sí cabe una reinterpretación crítica del relato histórico antifascista; 2/ una vez despertados de los ingenuos sueños negacionistas, se trata de renunciar a toda la estrategia defensiva que vaya ligada al lastre de tener que blanquear los movimientos fascistas históricos, por lo menos si lo que se espera es poder algún día procesar a los vencedores y a sus actuales descendientes políticos, ya por acción, ya por omisión, como encausados por la ejecución, banalización y/o negación del mayor genocidio de la historia. Este planteamiento supone reivindicar sin complejos la doctrina de los derechos humanos y condenar todos los genocidios sin excepción, porque una práctica unilateral como la vigente (condenar sólo el holocausto judío) vuelta del revés, carecería de fuerza lógica y moral frente a un enemigo que controla las instituciones y puede desacreditar todo proyecto crítico apelando a cualquier información, por insignificante que fuere, que lo vincule al „fascismo”. En este sentido, conviene insistir en que sólo esta renuncia facultará, en el futuro, acuñar una narración histórica objetiva sobre los movimientos y regímenes fascistas que permita además comprender cómo resultó a la postre posible que millones de personas fueran exterminadas bajo la acusación de ser „fascistas” por los aliados comunistas de occidente y que, a renglón seguido, un sistema político basado en los „derechos humanos” no sólo legitimara el hecho apelando al único recurso de la fuerza bruta, de la impunidad y, finalmente, del olvido, sino que institucionalizara el lenguaje antifascista forjado por Stalin y los suyos -quienes teorizaron y fundamentaron tales crímenes- y lo elevara a la categoría de discurso oficial de los sistemas democráticos, todo ello a fin de difamar y estigmatizar en cuanto „fascistas” (asesinos en la jerga „democrática”) a los críticos y desafectos de la oligarquía financiera (filo)sionista mundial, colocándolos, de paso, como reos de muerte civil y susceptibles de ejecución sumaria, en el punto de mira de las partidas de la porra, kaleborrokos y grupos callejeros antifascistas, terroristas o no, del otro pilar del sistema: la extrema izquierda chequista. Sectores radicales que la propia democracia liberal, por activa o por pasiva, sustenta como postrera garantía e instrumento paralelo y alegal de su abyecta dominación.

Esta postura fundamental nos permite inferir la totalidad de la estructura discursiva del proyecto filosófico potencialista, que pasamos a resumir de forma muy sintética a fin de que los lectores capten, más que informaciones concretas y aisladas sobre el mismo, la idea matriz que lo impulsa y le permite intepretar críticamente, desde una determinada perspectiva racional y comunicable ayuna de fraudes iniciáticos, la totalidad de los fenómenos de nuestra sociedad.

Ciencia y racionalidad filosófica versus magia y mito
Los lacayos del sistema, sabedores de las debilidades del imaginario simbólico occidental, han intentado inocular en el seno de las filas nacional-revolucionarias la creencia de que dicha postura está inexorablemente vinculada a una „excitante” y banal „superación” de la ciencia, léase: la magia; al rechazo de los derechos humanos en nombre del culto terrorista de la violencia por la violencia y del racismo; al desprecio de la racionalidad en beneficio de la mística y el mito; al odio contra la democracia, que cabría „superar” emprendiendo el atrayente camino que conduce a una nueva dictadura, basada en esta ocasión, cómo no, en la obediencia ciega a ciertos dirigentes, depositarios del saber revelado, que no pueden ser racionalmente contradichos porque sientan sus divinas posaderas en un limbo sobrehumano más allá de toda crítica, de todo argumento, de toda fundamentación, y ostentan la legítima prerrogativa de usar la calumnia o la amenaza contra los desafectos al sagrado carisma. Sugerir que semejante bazofia infame sea otra cosa que un intento de conducir el proyecto NR a su propio suicidio voluntario, como no se trate de la misma soberbia delirante y esquizofrénica de quienes la promovieron y en la medida en que se la creyeron ellos mismos en un patético ejercicio de autoengaño untado de dinerito contante y sonante, se nos antoja inaceptable.

Las consecuencias están, empero, muy a la vista cuando repasamos el cuadro de las „élites” intelectuales NR, lectores avezados al culto de escritores declaradamente reaccionarios como Julius Evola o René Guénon, pero incapaces, aunque no por culpa suya sino de nuestros supuestos „referentes” „morales” (!es un decir!), de acceder a un pensador de la talla de Martin Heidegger, el filósofo más importante del siglo XX y, no por azar, alguien que fuera militante y crítico del partido nacionalsocialista alemán, anticipando en dicha crítica interna del fascismo las posiciones nacional-revolucionarias del proyecto potencialista.

Disponemos, en efecto, de dos pilares filosóficos de primera magnitud como punto de partida de la tarea crítica, a saber, Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger, y con ellos de la entera tradición filosófica europea surgida en Grecia, racional, que no racionalista, y en cualquier caso conducente de forma inexorable a la realidad histórica de los fascismos, alfa y omega de la modernidad. No necesitamos, en definitiva, convertirnos en observantes del „pensamiento tradicional”, procedente de una pseudo tradición que sólo existe en la mente de unos pocos panfletarios semianalfabetos, individuos que, en el mejor de los casos, se han revelado como meros cretinos que esperan avistar presuntas naves espaciales hitlerianas afincadas en la Antártida y, en el peor, aparecen en la nómina del Cesid. Decir adiós al pasado es una decisión vital para el proyecto NR. No vamos a sustituir a un escritor por otro porque lo diga quien suscribe el presente texto: valga el crédito histórico-mundial de Heidegger como punto de partida fáctico que se acredita a sí mismo y que podrá responder a posteriori de dichas pretensiones sin que nadie tenga que confiar en „revelación” alguna u obedecer a indecentes sugerencias de „superioridad jerárquica”, rango „iniciático” del interlocutor o milongas „tradicionalistas” por el estilo.

Dicho esto, tendremos que salir al paso de algunas posibles objeciones. En efecto: si como NR aceptamos los derechos humanos, la democracia, la racionalidad, la ciencia y el socialismo, ¿en qué nos distinguimos del sistema liberal-burgués que pretendemos combatir? Pero ya hemos visto que, incluso en el caso del fascismo, que no es el nuestro pero al que estamos históricamente vinculados, las diferencias entre las potencias del Eje y los aliados tenían un claro carácter axiológico, es decir, relativo a los valores éticos supremos, pero los fascistas no rechazaban la modernidad en su conjunto, algo que les distingue, según los politólogos y a pesar de la propaganda, de la extrema derecha reaccionaria (la misma que nos ha inyectado su veneno religioso e irracionalista). No se puede sostener que los aliados representaran la democracia frente a la dictadura, cuando uno de los socios destacados de la hedionda „cruzada antifascista” encarnaba precisamente la tiranía más totalitaria y asesina que la historia recuerda. La crisis de la democracia liberal es un fenómeno de época fundamentado racionalmente por el marxismo. Carece de sentido afirmar que Alemania rechazara la ciencia en nombre de la magia, siendo así que los alemanes fueron precisamente los últimos adversarios militares de los Estados Unidos que mostraron una significativa superioridad tecnológica en el campo de batalla, ni que, como hemos visto, los derrotados representaran la negación de los „derechos humanos”, cuando el fascismo resulta impensable al margen de la reacción contra la barbarie bolchevique, que legitimó la lucha fascista (incluso, inicialmente, a ojos de los gobiernos occidentales) como defensa de la más básica civilidad europea. La línea de fractura hay que buscarla, por tanto, en el dark side, la negación fascista de la tradición judeocristiana, en el rechazo del imaginario utópico-progresista, de raíz religiosa pero secularizado por las sociedades industriales veteromodernas, en la defensa fascista de unos valores trágico-heroicos de ascendencia griega y, de forma radical, en lo que denominaré aquí principio de incompatibilidad entre la verdad y la felicidad que, emanado de la filosofía de Nietzsche y sistematizado por Heidegger en su ontología fundamental, atenta contra la entraña misma de la moralidad liberal burguesa y, a la par, de la ideología marxista-leninista que nutría de legitimidad los sistemas comunistas. Consecuentemente, podemos afirmar que el fascismo fue condenado a los infiernos no tanto por sus crímenes o su presunto irracionalismo cuanto por su exigencia de consumar el proyecto de racionalización occidental en una conciencia lúcida que excluye las ilusiones felicitarias, utópicas y proféticas de las primeras versiones, inevitablemente burguesas, del ideario ilustrado.

Conviene apostillar, en este sentido, que la filosofía de Marx no rompe en ningún momento con los valores hedonistas y eudemonistas burgueses, sino que se limita a exigir su realización, subrayando con razón las contradicciones entre el discurso oficial de las sociedades liberales y la brutal realidad del capitalismo decimonónico. El fascismo aspiraba a un socialismo que tomase nota de la obsolescencia axiológica judeocristiana y asumiera heroicamente la verdad trágica como destino inexorable de la razón occidental. Y en ello estamos, siendo así que los vencedores de la Segunda Guerra Mundial no han dejado de proclamar en la teoría los viejos valores del Sermón de la Montaña mientras los pisoteaban en la práctica, con tanta mayor eficiencia cuanto que cualquier adversario del sistema liberal-burgués sionista puede ser declarado, por el simple hecho de serlo, enemigo de la humanidad.

Democracia popular participativa versus liberalismo y dictadura

En el ideario de extrema derecha que se ha intentado imbuir en las filas nacional-revolucionarias hasta hacerlas indistinguibles de una pandilla de skin-heads, las críticas a la corrupción de las democracias liberales se metamorfosean de forma insensible y espontánea en una desvergonzada apología de los sistemas políticos dictatoriales de derechas, en el gusto no disimulado por la violencia y el terror, en el racismo y el antisemitismo, etc., lo que hace un flaco servicio a nuestra causa, confirma los estereotipos antifascistas, da pábulo a las campañas de propaganda del sistema y olvida que no hay ninguna relación necesaria entre los valores potencialistas (sustancia del proyecto NR) y semejantes prácticas y modelos terroristas de Estado, ampliamente acreditados, empero, en el campo de la izquierda marxista. Sin negar en ningún momento que los fascismos históricos fueron todos, sin excepción, dictaduras, conviene insistir en que la crisis de la democracia liberal se saldó, no solo a la derecha, sino también y principalmente a la izquierda, con soluciones autoritarias, pero no porque se rechazara la democracia en sí, cosa que no ocurrió en ningún caso, sino porque, según una extendida y fundada idea oriunda de Marx, tales democracias eran puras ficciones controladas por oligarquías económicas planetarias, enemigas mortales, ya del proletariado universal, ya, para los fascistas, del conjunto de la nación. La respuesta dictatorial a la crisis de la democracia burguesa fue, por tanto, una alternativa de la izquierda más granada que los fascistas se limitaron a asumir como un factum, esgrimiéndola, precisamente, frente a la „bárbara” dictadura del proletariado bolchevique, que no podía ser combatida, a su entender, desde los obsoletos planteamientos liberales, sino respondiendo a la violencia bestial de los rojos con una violencia defensiva pero todavía más enérgica y decidida. Fascismo.

Si pasamos del fascismo a la idea nacional-revolucionaria, es evidente que con la dictadura entramos en el terreno del puro accidentalismo histórico, porque los NR, tomando como referencia a Nietzsche y la Konservative Revolution alemana, partimos de una distinción tajante entre liberalismo y democracia que nos permite cuestionar el modelo liberal sin incurrir de forma fatal en la deriva autoritaria. Nosotros no defendemos el Estado ni el Partido, instituciones políticas de la burguesía. La distinción entre autoridad y poder, el concepto correlativo de una entidad política (enspo) institucional depositaria de los valores (=autoridad), frente al mero gobierno (=gestión administrativa), son los temas centrales del potencialismo. La democracia es un concepto de raíz griega e independiente de la actual formulación „democrática” liberal. Y si nadie puede afirmar lo contrario, ¿por qué hemos de considerar falaz, como se pretende con una ironía que sólo encubre su falta de argumentos, el concepto mismo de una democracia no liberal? Por tanto, y aquí estamos ante una cuestión crucial, para los nacional-revolucionarios no se trata de negar la democracia, sino de desafiar los esquemas demoliberales, es decir, oligárquicos, desde exigencias de democratización y participación ciudadana, que el presunto „Estado social y democrático de derecho” no puede, formalmente, recusar, y ello aunque las tema más que al mismo diablo, porque sólo las quiere suyas a efectos de legitimación y lavado de cerebro propagandístico, mientras promueve con todas sus fuerzas la despolitización de la sociedad, reduciendo lo político a mera liturgia antifascista.

A este propósito es bueno referirse al libro de Juan Colomar, recientemente publicado, República nacional española. Municiones para la resistencia, cuyos planteamientos compartimos, quisiera subrayarlo, casi en su totalidad, pese a lo cual queremos señalar aquí las (pocas) pero ineludibles discrepancias que nos separan de él.

Considero, en efecto, que el debate sobre el socialismo entre los nacional-republicanos no deja de permanecer encadenado a una cierta ambigüedad. Se trataría de recuperar el proyecto socialista bajo un cuño no marxista, pero al final da la sensación de que se siguen compartiendo algunos planteamientos marxistas, como el análisis del circuito del capital y la pretensión de construir una alternativa económica al sistema capitalista. ¿No convendría archivar tales vocablos (capitalismo, socialismo) y cargar las tintas sobre el factor político democrático? A mi entender, la clave de los asuntos sociolaborales en la sociedad de la información estriba en el control político popular de los procesos de gestión administrativa y en el estricto, riguroso e inexcusable cumplimiento de la ley, algo que en la actualidad no ocurre aun entendiendo que la ley liberal vigente, obra de las propias oligarquías, debería ser reformada en un sentido ferozmente social. El liberalismo se basa, efectivamente, en la desmovilización y despolitización de las masas y en el ilegalismo más descarado en todos los ámbitos del poder y de la administración de los recursos públicos o privados. Creo que bastaría con la participación activa, fiscalizadora y politizada de la ciudadanía, articulada en órganos de control, para que, sin entorpecer el funcionamiento del mercado en su ámbito legítimo y subordinado a “lo político” (!no confundir con „el Estado”!), pudiera concebirse un equivalente funcional del socialismo sin mencionar un término que es, cada vez más, un lastre simbólico, pues o se opone una nueva teoría socialista plenamente desarrollada a las teorías vigentes hasta hoy, de cuño marxista, o el sentido del concepto reproduce, casi inconscientemente, la totalidad de los tremendos errores del pasado. A la postre, se desemboca en un programa de „nacionalizaciones” y en una suerte de chavismo europeo anclado en los valores felicitarios de la izquierda judeocristiana.

En mi opinión, pero aquí se trata de una opinión que sólo pretende abrir un debate, la cuestión central pasaría, una vez más, por el tema de los valores. El capitalismo como tal no es hedonista, hedonista lo es únicamente el proyecto liberal. Si hemos distinguido ya con claridad entre democracia y liberalismo, llegado ha la hora de acotar liberalismo y capitalismo, abstrayendo éste último en términos rigurosamente económicos en cuanto sociedad de producción. Nosotros no cuestionaríamos así el proceso de acumulación de capital como institución económica, es decir, como fórmula hasta hoy no superada de racionalización de las funciones productivas de la sociedad, ni la ética del trabajo oriunda del capitán de empresa calvinista, sino la sociedad de consumo liberal y el economicismo ligado a ella, que no es otra cosa que la epidemia de los valores hedonistas inoculada por contagio a todas las esferas de la existencia humana a través del ubicuo dogma de la economía. Ésta, devenida a su vez fuente de estatus procedente de una riqueza indecentemente ostentada, fundamenta la dignidad de la persona en el seno las „sociedades desarrolladas”. En pocas palabras, el proyecto nacional-revolucionario, antes que presentarse como una alternativa al „capitalismo”, se limitaría a fijar límites internos a lo económico y a subordinarlo, por la vía legal y moral, a lo político, dejándolo funcionar dentro de ciertos parámetros y montando guardia en los puestos de control, a saber, los correspondientes marcos jurídicos y normativos, de manera que lo económico no devore lo político desde su propia entraña, como un gusano la manzana, que es lo que sucede inexorablemente en los sistemas liberal-burgueses conocidos hasta ahora.

Ni que decir tiene que la fundación de lo político implica el fin de la política, es decir, de la mera „gestión” de un intangible programa liberal a partir de una panoplia de diferentes opciones meramente técnico-administrativas y la subyacente e incuestionada subordinación de la esfera de la autoridad a los valores existenciales del economicismo liberal. Con ello, es el Estado mismo -y, por cierto, el Partido, su núcleo de poder real- lo que desaparece. Este planteamiento supone una reforma integral de aquéllo que actualmente se denomina el poder judicial y la fijación de mecanismos institucionales independientes y objetivos de fiscalización de la administración, de manera que la oligarquía, en última instancia el imperio del dinero, no pueda manipular a los gestores políticos y corromper a golpe de talonario el mandato constitucional emanado de la soberanía popular. En definitiva, en el libro de Colomar detecto algo así como un sutil intento de “competir” con el liberalismo en el terreno económico, de prometer un sistema que ofrezca más „felicidad” a las masas; a la postre, que “funcione” mejor, cuando de lo que se trata es de erradicar de una vez para siempre la sociedad de consumo. Porque la vieja promesa socialista, a saber, el „placer” sin la „inhumanidad” de la competencia capitalista, instaura a la postre la competitividad económica y de „capacidad adquisitiva” en el seno de las esferas políticas y simbólico-culturales, infectando el entero sistema social con el fétido aliento del virus hedonista y eudemonista. Pero esto es siempre, nos guste o no, una repetición descafeinada del marxismo, un sistema que ha sido históricamente derrotado porque compartía sus valores con el liberalismo y concurría con la sociedad de consumo liberal en su propio terreno de juego axiológico. Tenía que perder. Nosotros, en cambio, somos conscientes de que hemos de aplastar al liberalismo en el campo cultural y político-militar, bien entendido que esta vez no habrá un sistema totalitario que, como el comunismo en la Segunda Guerra Mundial, les saque las castañas del fuego a los usureros, los cuales tendrán presumiblemente que defenderse solos frente a un enemigo integral y letal que buscará erradicarlos para siempre de la faz de la tierra como tipo humano.

Hemos de reconocer de una vez que, en términos generales, desde el punto de vista estrictamente técnico y organizativo, nada hay que objetar al capitalismo como modelo de racionalización de la empresa productiva y, si se quiere, al mercado en cuanto dispositivo básico de asignación social de recursos, un mecanismo que conviene dejar funcionar de acuerdo con sus propias leyes, pero subordinándolo siempre a la función política y alejando todo lo posible de su radio de acción determinadas instituciones como la educación, la vivienda, la sanidad, la justicia, el crédito, la defensa, los sectores económicos estratégicos y vitales para la seguridad nacional, etc.; imperativo político que en parte ya fue reconocido por las sociedades europeas en la edad dorada de la socialdemocracia, el keynesianismo y las economías mixtas (inspiradas en el fascismo), pero que los nacional-revolucionarios implementaríamos llevándolo hasta sus últimas consecuencias axiológicas, poco gratas para los criminales con corbata que nos gobiernan. No se trata de presentar, en consecuencia, una alternativa económica al liberalismo, sino una alternativa política al economicismo liberal en términos de democratización radical en el marco de un sistema de valores potencialista. Porque frente a la propuesta de unos valores racionales, los liberales tienen que callar la boca. No así frente al “socialismo” como receta económica rival de la economía de mercado, donde ya hemos perdido de antemano la batalla dialéctica incluso ante la opinión pública más decantada hacia la izquierda, siempre que sea capaz, como creo que lo es, de leer algunos libros de historia. Propongo, pues, aparcar la palabra socialismo y abundar en el tema político de la democratización como clave para garantizar la socialización de los recursos materiales (no hablemos ya ni siquiera de “riqueza”). Evidentemente, esto supone una metamorfosis cultural de valores que contrapondría la actual sociedad de consumo a una economía autárquica y potencialista articulada desde su interior (valores quiere decir aquí fines de la sociedad de producción) como mero apéndice de lo político. Y esto es lo que significaría, si es que tiene algún sentido identificable con cierto rigor, el concepto de república del trabajo en el seno de un discurso nacional-revolucionario que sepa de qué está hablando.

Respuesta de Juan Colomar

He planteado las cuestiones anteriores al autor del libro citado, al que me une una larga amistad. Considero que sería injusto, después de la crítica anterior, no exponer aquí, como poco de manera resumida, cuál ha sido la réplica del interpelado. Más abajo sacaré algunas conclusiones provisionales de este debate crucial, visto que Colomar, fundador de la Plataforma Nueva Europa en la época de ENSPO y del Movimiento Voluntad, procede de la izquierda comunista y ha evolucionado hacia posiciones nacional-revolucionarias que, sin embargo, ya lo veremos, no se identifican con el fascismo, a pesar de que su crítica a este sistema político esté lejos del habitual e hipócrita rasgamiento de vestiduras de la progresía anarcoliberal.

En primer lugar, quisiera resaltar la absoluta coincidencia entre Juan Colomar y el autor del presente artículo en la exigencia de una reivindicación abierta de la democracia y la básica contraposición entre ésta y el liberalismo: „La confusión entre democracia y liberalismo, el ataque conjunto a ambos, la negativa a criticar el liberalismo como antidemócrata, es uno de los puntos claves que explica la bancarrota del fascismo y la gravitación entorno al mismo de toda suerte de tradicionalistas y reaccionarios” (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, 8 de septiembre de 2008, p. 1). Ahora bien, pese a lo dicho, y respecto a la crítica que he desarrollado en el apartado anterior, afirma Colomar que „es exactamente la del fascismo, y sólo ha podido intentarse reestructurando la „super estructura” en un sentido totalitario, resultando de todo ello un lamentable fracaso. La „sociedad civil” burguesa es infinitamente más poderosa que la „sociedad política”, por más que ésta proceda al exterminio de los usos burgueses normales. El fascismo italiano se metió en una repelente cama redonda, no sólo con la burguesía, sino con los residuos de la aristocracia. El nazismo eliminó al capital financiero, pero se amalgamó con los intereses de la industria pesada” (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., p. 5). No obstante lo cual, basta releer mi texto para ver que poco tiene que ver con el fascismo precisamente en lo relativo al punto crucial de la dicotomía democracia/totalitarismo, pues mientras el fascismo instituyó un Estado totalitario, aquéllo que los potencialistas reclamamos expresamente es una radicalización democrática y el control popular desde la base de las instituciones políticas, de suerte que no puedan ser usufructuadas de facto por el poder económico, como sucede en la actualidad. Cito literalmente del texto que envié a Colomar en mi carta de 2 de septiembre de 2008 y que en este artículo me he limitado a abundar: „El liberalismo se basa en la desmovilización y despolitización de las masas y en el ilegalismo más descarado en todos los ámbitos del poder. Creo que bastaría con la participación activa, fiscalizadora y politizada del pueblo, articulado en órganos de control, para que, sin entorpecer el funcionamiento del mercado en un ámbito legítimo y subordinado a „lo político”, pudiera concebirse un equivalente funcional del socialismo sin mencionar un vocablo que es, cada vez más, un lastre(…)” (Carta de Jaime Farrerons a Juan Colomar, 2 de septiembre de 2008). ¿Qué tiene que ver esta afirmación con la propuesta de reincidir en el fracasado proyecto del Estado totalitario? ¿Pero no fuimos nosotros quienes, ya en un texto de ENSPO del año 1988 presentado en el acto fundacional de la Asociación Sin Tregua, a saber, „Maquiavelo y el nihilismo político”, denunciamos el totalitarismo como un intento de controlar por la fuerza la esfera económica capitalista desde la esfera política concebida en términos burgueses, léase: como Estado/Partido? Así, sostiene Colomar, citando al pensador nacional-revolucionario Ernst Jünger: „El capitalista no es más que un funcionario de la acumulación de capital”, y añade: „y tú, Jaime, pretendes que ese movimiento pueda ser domeñado axiológica y políticamente desde una esfera mucho más débil, la del Estado” (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., p. 5). Pero, como decimos, ha sido un tema clásico del potencialismo el carácter individualista de la institución estatal veteromoderna (basada en el Partido, léase: en la parte, agente de los intereses parti-culares del príncipe maquiaveliano y factor antiholista por excelencia) y la necesidad de refundar lo político frente a „la política”. Hemos insistido una y otra vez hasta el hartazgo en la diáfana distinción clásica entre autoridad y poder, Entidad y Estado, lo que implica la extinción de éste último y del Partido tal como los conocemos, hecho que a su vez remite a una transvaloración de valores en el conjunto de la sociedad, siendo así que con el Estado, órgano burgués, se derrumba también la dicotomía liberal de una „sociedad civil” de mercaderes (impregnada de valores hedonistas e individualistas) y el ámbito supuestamente neutro de la política y del poder público (en realidad una agencia de grandes empresas e intereses „particulares”). Por tanto, mi propuesta no puede ser „exactamente la del fascismo”, como pretende Colomar, y lo que aquí se observa es una diferencia fundamental a la hora de concebir el fenómeno del capitalismo. En efecto, según Colomar „el capitalismo no es un sistema mercantil, ni un montaje de usureros (visión nazi), ni se reduce a la propiedad privada. El capitalismo es una respuesta al advenimiento generalizado de la Máquina efectuada desde categorías culturales, sociales e institucionales anteriores a dicho advenimiento. Desde hace milenios existen mercado y mercaderes, propiedad privada, dinero y usura. El capitalismo, en cambio, tiene unos trescientos años de vida. El capitalismo es centralmente un sistema de producción industrial de mercancías. Esta producción alumbra un gigantesco movimiento de socialización técnica del trabajo pero, a la vez, configura un excedente, igualmente gigantesco, que adopta la forma específica de beneficio de una minoría social. Tal excedente no sólo se destina al consumo privilegiado de esa minoría. Se destina, sobre todo, por imperativos de la propia concurrencia, a la ulterior valorización del Capital, a la autoreproducción del mismo en un proceso ciego y cada vez más incontrolado” (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., p. 2). A mi entender, esta concepción del capitalismo es enteramente marxista e ignora, por ejemplo, la fundamental aportación de Max Weber en su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, escrita precisamente como réplica a El capital de Karl Marx.

Estamos ante un tema decisivo que conviene analizar con extrema atención, porque va a decidir el futuro del proyecto nacional-revolucionario como opción de izquierdas, hostil al liberalismo burgués, pero no al progreso tecnológico y a la neomodernidad que propugnamos. ¿Se trata, al fin y al cabo, de una cuestión meramente terminológica? Quizá. Veamos, para empezar, cómo describe Colomar el proceso de socialización al que conduce necesariamente el propio capitalismo: „reemplazo de la centralidad de la propiedad privada individual por la propiedad privada colectiva (sociedades anónimas), creación de oligopolios y monopolios, disociación de la gerencia respecto de la propiedad, formas implacables de planificación en el plano de la empresa, nacionalizaciones para rescatar a sectores del capital en crisis (en este momento, !en los USA!)… El Burgués nos sigue vendiendo manuales de liberalismo económico: su maqueta es un idílico mundo de competencia entre pequeñas empresas que se ajusta eternamente, mientras el Estado no intervenga, mediante el transparente juego de la oferta y la demanda. Pero el liberalismo es una representación primero errónea y luego mentirosa de la realidad. El dominio del Burgués ha sido posible solamente con la decisiva intervención del Estado -la acumulación primitiva de capital en Inglaterra a base de patentes de corso, tráfico de esclavos y expediciones coloniales- y se ha desplegado como la más brutal palanca de expropiación -primero de campesinos y artesanos, luego de empresarios pequeños y medios, finalmente, de los grandes capitales por otros mayores-, de cartelización, de planificación. !El Burgués nos ha enseñado el camino de la concentración técnica y financiera, de la anulación del sacrosanto mercado, de la planificación e incluso de la estatalización!” (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., págs. 2-3). Parece evidente que es el propio Colomar quien contrapone liberalismo y capitalismo. El burgués se ha visto forzado, por la lógica interna del sistema capitalista, a emprender caminos que la doctrina liberal le prohíbe expresamente. No sólo eso, el capitalismo, que según Weber no es más que la racionalización de la esfera económica de la sociedad y no la mera producción en masa de mercancías, exige, por imperativos de racionalidad, la socialización, la planificación, la diferenciación entre gestión y propiedad, etc. ¿Cómo puede, por tanto, identificarse el capitalismo con el liberalismo y la burguesía? ¿No se trata, como en el caso de liberalismo y democracia, de dos conceptos diferentes? Esta es nuestra tesis y creo que, en el fondo, más allá de las palabras, Colomar, fundador de la Plataforma Nueva Europa, la comparte también, aunque utilice una terminología diferente para referirse a lo mismo, con la subsiguiente confusión.

La cuestión central son los valores hedonistas e individualistas de la burguesía, heredera del judeocristianismo, que entran en colisión con la inercia racional que el propio sistema capitalista despliega volis nolis, circunstancia que reclama a gritos una alternativa axiológica y ética en profundísima ruptura con el presente: „el Burgués -dice Colomar-, atado irremisiblemente a las „categorías del individualismo” (…) no puede sino propulsar a niveles cada vez más elevados la contradicción central de su mundo, en un proceso desbocado que se le va de las manos” (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., p. 3). Ahora bien, ¿podrá ser dicha alternativa moral otra cosa que la consumación de la racionalización misma en el plano de la existencia humana? ¿Qué consecuencias se desprenden de este imperativo, el cual va más allá de la destrucción de todos los mitos religiosos, ya sean hebreos o paulinos, ya musulmanes? En efecto, aquello que mantiene al burgués con las manos atadas al ayer es la herencia cultural judeocristiana, incluso allí donde, de forma despiadada respecto de los obreros que explota sin compasión, dudaría de haber roto con la misma, pues su egoísmo sigue siendo un pálido reflejo del individualismo religioso (la „salvación del alma”, la „vida eterna”, la suya). Y es en este punto donde entran Nietzsche y Heidegger en juego, porque únicamente estos autores nos ofrecen una pauta segura y coherente para afrontar el problema de los valores de manera que no confundamos los árboles con el bosque creyendo que basta con una crítica del „capitalismo” para ubicarnos en un genuino espacio político nacional-revolucionario. Nada más equívoco que tales consignas. Nada más lejano de una auténtica revolución que semejantes trivialidades y lugares comunes. Dejo así abierta la cuestión, en el bien entendido que son, entre otros, estos temas, y no la magia, el esoterismo o los OVNIS de la Antártida, los que deben ser debatidos en los foros nacional-revolucionarios. E invito a los lectores del presente artículo a un estudio serio del citado trabajo teórico de Juan Colomar, que contiene una propuesta NR con capacidad suficiente para, por sí sola, elevar la disidencia a la altura de la crítica.

A la izquierda y contra la extrema derecha como enemigo a destruir

De las anteriores consideraciones se desprenden en cascada toda una serie de consecuencias, devastadoras para los Torrentes y otros gurús de la ultra, que rompen definitivamente la putrefacta amalgama de ultraderechismo y pretensiones presuntamente „revolucionarias” o NR que han convertido esta sigla en el hazmerreir del periodismo liberal, y esta vez con razón. Por ello propongo que nos olvidemos ya también de la sigla „NR”, totalmente desacreditada, y empecemos a utilizar el término alternativo ND, „nacional-democrático”. En este artículo seguiré hablando de „nacional-revolucionarios”, bien entendido que con este término no me refiero a los grupúsculos ultras que acostumbran a utilizar el término, es decir, a desprestigiarlo de la manera más penosa.

El militante nacional-revolucionario de izquierdas (o „nacional-democrático”) no debe, desde el punto de vista ideológico, profesar ninguna religión de raíz judeocristiana o monoteísta (judaísmo, cristianismo, islamismo). Otra cuestión es que en los proyectos políticos NR se mantenga una actitud de laicismo y neutralidad religiosa, corriéndose un piadoso velo sobre la cuestión a efectos tácticos. En general, todas las creencias monoteístas descienden de la fe doctrinal en Yahvé, el dios de Abraham que ha institucionalizado, en sus versiones sagradas o laicas, la idea de un „reino de Dios”, llámese resurrección de los muertos, utopía, paraíso totalitario comunista, sociedad de consumo, cultura de la transgresión drogodependiente, mercado mundial liberal o cualesquiera de los espejismos criminales y versiones culturales de lo mismo que el futuro pueda todavía deparar. Todas ellas proceden de idéntico tronco doctrinal semítico, fuente de los valores felicitarios, raíz de la creencia en el supuesto final feliz de la historia y motivo de la negación de las dimensiones trágica, proverista y heroica de la existencia, arraigadas éstas, por el contrario, en el tronco indogermánico y grecorromano de la cultura europea. Efectivamente, Europa ha pagado muy caro el hecho de haber acogido en su seno, la sede de Roma, una religión semita. Los NR, quiénes si no, hemos de ser conscientes de las consecuencias de nuestros planteamientos y emprender una tarea rica en presagios y resonancias bíblicas, a saber: la desjuidaización axiológica -que no étnica- de nuestro solar histórico. Por ende, un militante nacional-revolucionario de élite no puede ser católico alegremente y deviene ajeno, ya sólo por este simple hecho, a toda complicidad de fondo con el campo ultraderechista español.

El enemigo político concreto del militante nacional-revolucionario europeo es la extrema derecha judía y su ideología religiosa, racista y supremacista, a saber, el sionismo, que ejerce un poder poco menos que sin réplica a escala mundial utilizando como brazo armado al ejército de los Estados Unidos, como central de propaganda los estudios de Hollywood (que evacúan regularmente las producciones cinematográficas sobre el Holocausto), y como sede física y epicentro simbólico de sus actuaciones criminales contra la humanidad la entidad sionista denominada Estado de Israel. El concepto central del racismo, la superioridad racial, fue definido por el judaísmo en términos de „pueblo elegido” y llevado a la práctica en forma de asesinatos masivos y genocidas que el Antiguo Testamento describe con profusión y deleite. El proyecto liberal de globalización económica mundial, como antaño el comunismo y en sus orígenes la fe profética, no es más que el instrumento para la realización de los anhelos etnicistas inscritos en el judaísmo y secularizados por los sionistas, directrices de raigambre milenaria que implican la disolución de todos los pueblos de la tierra en el crisol de un mercado planetario empapado en valores hedonistas, individualistas, relativistas y materialistas, donde sólo el pueblo judío, en una posición económica, política y moral hegemónica, conservaría su identidad como garantía de su supuesta superioridad intrínseca.

En consecuencia, el militante nacional-revolucionario tiene buenos motivos para rechazar todo lo que hieda a extrema derecha, es decir, a religión monoteísta, a todo lo que exhale el tufo sanguinario del déspota del desierto llamado Yahvé, reflejo idealizado del faraón egipcio, cuando es precisamente este campo político „ultra”, y no la „democracia”, como se nos pretende hacer creer, el que decide actualmente -pensemos en la „justicia infinita” de Bush- los destinos de la humanidad en el camino sin retorno hacia la realización de la locura sionista. Y es que, gracias a la ideología del holocausto, la extrema derecha judía es el único ejemplar en el mundo de esta corriente ideológica genérica -el catalanismo actual sólo suspira por ello- que puede actuar con total impunidad y sin que se la impute políticamente en cuanto tal. La postura nacional-revolucionaria de rechazo del racismo es así perfectamente coherente con la hostilidad ideológica hacia el sionismo (ultraderechista y racista) y con la doctrina de los derechos humanos, que debe permitirnos condenar y castigar los genocidios y crímenes contra la humanidad perpetrados tanto por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial cuanto por los propios sionistas en tierra palestina dos años después del juicio de Nüremberg y todavía impunes.

Ahora bien, el militante nacional-revolucionario no es un antisemita porque, en primer lugar, rechaza el racismo, constatada su procedencia religiosa, judía y sionista, como hemos visto ya, y en segundo lugar, porque hebreos son quienes están criticando con mayor ferocidad las ideas y las prácticas sionistas (pensemos en Chomsky, Finkelstein, Pappé, etc.). Por lo demás, es absolutamente impensable que la cultura europea se desprenda, sin amputar su propia sustancia, de las contribuciones culturales, filosóficas y científicas de infinidad de autores judíos que no por serlo desde el punto de vista étnico han de sustentar las ideas que rechazamos. Por el mismo motivo, el militante nacional-revolucionario de izquierdas („nacional-democrático”, ND) no tendrá empacho alguno en criticar el nazismo en cuanto inversión „aria” del judaísmo del pueblo escogido y en aplicar a los crímenes del Tercer Reich el mismo rasero que al resto de los genocidios modernos. Y si no se actúa así de forma enérgica y decidida, renunciando a los paños calientes en las cuestiones clave que todo lo deciden, los NR volveremos a deslizarnos imperceptiblemente hacia el estéril espacio político de la extrema derecha.

El militante nacional-revolucionario, cuando se lo preguntan, se declara de izquierdas. Su postura no es un interclasismo de centro o un ninismo (ni.., ni…) supuestamente tercerista que resulta muy útil para maquillar las propias vergüenzas de sacristía (u horóscopo egipcio, tanto da). La palabra „izquierda”, expresamente reivindicada, es la piedra de toque para distinguir a los nacional-revolucionarios de los ultraderechistas y reaccionarios tradicionaleros. Dicha palabra, izquierda, identifica aquí sin ambages a los trabajadores, inmensa mayoría de la nación y únicos perjudicados por una criminal política de inmigración promovida por la derecha liberal y la ultraderecha sionista -en su proyecto de mercado mundial y crisol racial- que, en cambio, beneficia económicamente a las clases medias y no digamos ya a las altas oligarquías financieras que la han desencadenado con el fin de importar mano de obra semiesclava, allanar en mescolanza las diferencias culturales del planeta entero (devenido así mero „mercado”) y reventar el precio del trabajo. Por tanto, cuando alguien quiera saber si él mismo u otro forma parte de la ultra o del campo NR, sólo tiene que preguntar o preguntarse por su ubicación topográfica, a la izquierda, el centro o la derecha, del arco político parlamentario. Es fácil. No se trata de una cuestión ideológica (la palabra izquierda carece de sustancia o significado doctrinal), sino de puro significante, léase: de instinto político. La más mínima duda, la menor vacilación a la hora de responder, ya indica que no estamos ante un militante nacional-revolucionario. Por tanto, insistamos en ello: a la izquierda o con la extrema derecha. No existe, en nuestra coyuntura histórica actual, una alternativa a dicha dicotomía que permita, como antaño, eludir las responsabilidades y seguir siendo NR mientras, por otro lado, se codea uno con la escoria más rancia, patética e impresentable de la eterna reacción.

Jaime Farrerons
L’Escala, 13 de septiembre de 2008

copyright©adecaf 2009

Publicado por Jaume Farrerons en

http://nacional-revolucionario.blogspot.com/2009/07/disidencia-y-critica.html

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2 respuestas a UNA CRÍTICA AL “SISTEMA”: EL POTENCIALISMO

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