…Contra la “ideología de género” (continuación de la 1ª parte)

[Continuación del post anterior]:

En este punto los disturbios de Stonewall Inn entraron en un dinamismo de «mímesis sacrificial» donde suele desembocar ese estado de desorden social denominado: «crisis mimética».

En esta fase cesan las «triangulaciones de Kaplov», las facciones enemigas estudiadas por George Simmel, los diferentes modelos de no-cooperación y de suma nula o auto-duales, propios de la «competitividad entre individuos» o la «lucha de clases». Las reglas del equilibrio de Cournot-Nash se colapsan; incluso se suspenden las condiciones que hacen posibles las estrategias mixtas de la «teoría de juegos». La «teoría mimética» engloba este estadio bajo el rótulo genérico de «mímesis de la conjura», también llamado: «colaboración negativa». Pues bien, este estadio de «coaliciones decisivas» también suspende cuando la violencia de «todos contra todos» se convierte en la violencia unánime de «todos contra uno».

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Alcanzamos así la «unanimidad mimética» que genera el fenómeno del «chivo expiatorio» y sus ciclos miméticos. Hemos abandonado entonces los niveles de micro-psicología o psiquiatría de los «individuos individuales». También desbordamos el campo de la meso-psicología, propio de la «psicología social» y de la «psicología de sistemas». Entramos de lleno en el campo de la macro-psicología, o «psicología de multitudes», que se ocupa de los «individuos colectivos» en estado de pánico o psicosis de masa.

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En esta fase la masa violenta obtiene su unidad a costa de un individuo que se convierte en enemigo común de todos. La víctima es exterminada, expulsada, del espacio definido por el área de influencia de la masa unánime. Su muerte física o social da vida a una colectividad unánime y su «espacio vital» (Lebensraum).

En los disturbios la secuencia de esta «unanimidad mimética» protagonizada por este grupo sigue la siguiente trayectoria: corro inicial frente al bar (actitud pasiva), burlas y aplausos (acción-reacción intragrupal), gritos sinérgicos pero no unánimes de unas partes que excitan a otras partes dentro del grupo.

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Finalmente, una «catástrofe divergente» genera un abrupto cambio en el grupo. Nos referimos al canto unánime de We shall overcome (venceremos). En ese punto todos son uno de tan llenos como están de lo mismo. Pero esta mismidad no la establece la homosexualidad. Tampoco reside en ser angloparlantes porque muchos desconocían la letra y sólo tarareaban siguiendo el ritmo al compás. No les unía ser americanos o racialmente idénticos. Tampoco surgió por compartir un credo religioso o una ideología política. La causa de esta unidad es un mecanismo precultural, anterior a todas estas instituciones culturales.

La unidad es ahora un atributo entitativo del grupo que se obtiene solamente gracias a un factor psicosocial: el «deseo mimético» como sistema recursivo y auto-referencial de las masas. Los unió el odio a un enemigo común, y nada más. Fue el odio por el odio el que les hizo solidarios en el canto unánime. La «violencia mimética» es un sistema autopoiético y, como tal, autosuficiente para desencadenar la violencia según patrones etológicos muy pautados.

«Varios relatos sobre los disturbios afirman que no había organización previa ni causa aparente para la manifestación y que lo que había ocurrido era totalmente espontáneo. Michael Fader explicó: “Todos teníamos un sentimiento colectivo de que habíamos soportado lo suficiente de esta mierda. No era nada tangible que alguien le hubiera dicho a otro, era algo así como que todo lo que había ocurrido a través de los años se había acumulado en esa noche específica y en ese lugar específico, y no fue una manifestación organizada… Todos en la muchedumbre sentimos que nunca íbamos a volver. Era como el colmo. Era hora de reclamar algo que siempre se nos había arrebatado… Todo tipo de personas, todo tipo de motivos, pero más que nada era total indignación, enfado, pena, todo combinado y como que todo siguió su curso”.»

Sin embargo, el grupo es aún una unidad inoperante, que se mantiene pasiva e inerte frente a la patrulla policial sin ejercer acciones sobre entidades externas al grupo así unificado. En esta primera catástrofe ha acontecido, sin embargo, un cambio sustancial; ya no hay muchos granos de arroz sino un único montón, disolviéndose por vía psicosocial la «paradoja del sorites». El todo es más que la suma de las partes. Sin embargo, este individuo, aunque sea un «individuo social», está sometido a las mismas leyes miméticas que cada «individuo orgánico»; no puede desear nada sin otro que le sirva de modelo de imitación. El «aprendizaje social» de este individuo recién nacido no ha quedado troquelado (imprinting mimético) todavía por el deseo contagioso de otro individuo. Por eso, la turba está literalmente parada. De hecho, enmudece en algún momento en un silencio sepulcral que sólo es enigmático para quien desconoce las leyes miméticas de la psicología de masas. Es una masa recién instituida que, simplemente, no sabe qué hacer.

Esta inacción se rompe cuando un «individuo individual» sirve al «individuo colectivo» como modelo de toda imitación. Este modelo lo ofrece el azar mediante una figura femenina que se destaca sobre el fondo del maltrato policial.

«Se inició una riña cuando una mujer esposada fue escoltada desde la puerta del bar hasta un coche celular. Se zafó repetidamente y luchó contra cuatro policías, insultando y gritando, durante unos diez minutos. Descrita como una “típica marimacho neoyorquina”, había sido golpeada en la cabeza con una cachiporra, tras quejarse de que sus esposas estaban demasiado apretadas, según un testigo. Los presentes recordaron que la mujer, cuya identidad no se conoce, animó a los observadores a luchar cuando miró a los presentes y dijo, «¿Por qué no hacen algo?». Cuando un agente la levantó y la subió al coche, la muchedumbre se convirtió en una turba y se armó el caos: “Fue en ese momento cuando el ambiente se hizo explosivo“.» [Las cursivas son nuestras.]

Craig Rodwell afirma que el arresto de la mujer no fue el incidente principal que provocó la violencia, sino que fue uno de varios acontecimientos simultáneos. Sin embargo, resulta indiferente para el mimetismo que el «estímulo desencadenante» de la violencia venga del ascendente de uno o de varios modelos.

El hecho es que sólo el estímulo etológico denominado: «modelo-obstáculo» puede desencadenar en la multitud la «mímesis de la decisión»: uno se vuelve decidido cuando es decisivo para alguien. Este «modelo-obstáculo», sea el ejemplo de un solo sujeto o el de varios, es la piedra que precipita todas las demás en una «reacción en cadena». La masa se decide a actuar bajo esta motivación contagiosa. Entonces decide sacrificar su «chivo expiatorio» bajo la sugerencia de un tercer modelo que desata un «efecto dominó». De hecho, «decidere», etimológicamente significa: cortar con un cuchillo y, más originariamente, la cuchillada propinada al animal del sacrificio.

«Fueron arrojados contra el edificio contenedores de basura, basura, botellas, piedras y ladrillos, por lo que se rompieron las ventanas. Los testigos afirman que las transexuales, los «maricas con pluma», chaperos y «chicos callejeros» gais, es decir, las personas más marginadas de la comunidad gay, fueron los responsables de la primera descarga de proyectiles y de arrancar un parquímetro que utilizaron como un ariete contra las puertas del Stonewall Inn.
Sylvia Rivera, mujer transexual y posteriormente activista LGBT que había estado dentro del Stonewall durante la redada, vestida de mujer, recordó: «Nos habéis tratado como mierda todos estos años, ¿no? ¡Ahora nos toca a nosotros!… Fue uno de los momentos más grandes de mi vida». Los manifestantes prendieron fuego a la basura y la tiraron por las ventanas rotas mientras la policía usaba una manguera contra los incendiarios. Como la manguera no tenía presión no servía para dispersar a la muchedumbre y parecía solamente animarla.»

Sería difícil encontrar un pasaje más mimético que éste; lo que demuestra que es verídico en lo fundamental, sin apenas deformaciones ideológicas. Salvo las interpolaciones subjetivas de los testigos y el cronista, que hay que desestimar por ilusorias. La aportación de Sylvia Rivera debe también ser filtrada porque su comprensión se encuentra distorsionada por la «mentalidad acusatoria».

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Sylvia Rivera se equivoca; durante el linchamiento no hubiera podido realizar una reflexión tan elaborada. Sólo pudo formularla de esta manera tan refinada después del linchamiento, como demostraremos a continuación. La mentalidad acusatoria suscita este tipo de ilusiones «post hoc, ergo propter hoc» entre los linchadores donde el pasado es interpretado desde la distorsión del futuro{13}. Debemos acusar a Sylvia Rivera de «falsedad documental» si no de mitomanía o fabulación histérica, por no hablar simplemente de «paranoia querulante». De lo contrario, caeríamos en la falacia de las «profecías autocumplidas» inherentes a los discursos que se mueven en un plano emic y psicologista (emocional o sentimental, si se quiere) que bloquean toda posibilidad de un pensamiento objetivo sobre los documentos. Debemos poner entre paréntesis esta vivencia subjetiva de Sylvia Rivera, y la de cualquier otro testigo, para salvaguardar los hechos del subjetivismo y el autismo emotivo, por no hablar de la «idiotez moral», dicho en términos kantianos.

Encontramos en este pasaje todos los elementos propios de la fase del «obstáculo como modelo», donde subyacen los automatismos del deseo mimético en estado puro. Ciertamente, la impotencia de los linchados siempre anima la «indignación sádica» de los linchadores. Dan sobrado testimonio las crónicas de persecución, los documentos de suplicio público, las actas de cazas de brujas o los archivos inquisitoriales sobre Autos de Fe. El detalle de los gais marginados por otros gais que luchan en «primera línea» del linchamiento refleja otra constante propia de cualquier crónica de linchamiento. Los ejemplos son innumerables. Este esquema psicosocial es utilizado por Mel Gibson para la ficción artística en su película La Pasión, cuando Jesús sufre en el Sanedrín las peores agresiones por parte de una mujer y un mendigo deforme. Es inevitable esta crueldad bajo los efectos de la violencia mimética: por fin los últimos de la sociedad no son todavía los primeros pero tampoco son ya los últimos. Por una vez los parias no son objeto del desprecio ajeno sino que pueden participar de ese desprecio unánime a costa de un tercero que, excepcionalmente, no son ellos.

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Este ataque en masa es la segunda acción unánime después del primer canto coral y el súbito silencio. Pero esta acción unánime rompe la inmanencia intra-grupal. La masa ejecuta una acción inter-grupal articulada en tres fases: linchamiento simbólico de los policías (lapidación con monedas o botellas) seguido de insultos intimidantes y, finalmente, un ataque físico con persecución. El número de policías era muy inferior al de manifestantes que rondaba la cifra de 500 ó 600 personas. Esta desproporción es indispensable para un proceso de «chivoexpiación»; es el criterio victimario por antonomasia. De hecho, la indefensión es uno de los tres estereotipos persecutorios necesarios para desencadenar un linchamiento colectivo según la «teoría mimética». Este «criterio victimario» hay que encontrarlo siempre en una impotencia: la incapacidad de la víctima para devolver el golpe{14}.

«La policía trató de contener a la muchedumbre y derribaron a algunos de los participantes, lo que encendió aún más a los presentes. Algunos de los arrestados se escaparon del furgón cuando la policía los dejó desatendidos (deliberadamente, según algunos testigos). Mientras la muchedumbre trataba de volcar la furgoneta, dos vehículos de policía y la propia furgoneta, que tenía los neumáticos pinchados, se fueron de inmediato y el Inspector Pine pidió a los agentes que volvieran lo antes posible. La conmoción atrajo a más personas que se acababan de enterar de lo que estaba pasando. Algunos participantes declararon que el bar estaba siendo acosado porque no habían pagado a los policías, por lo que alguien más gritó, «¡Paguémosles!». Las monedas volaron por el aire hacia los policías y los rebeldes gritaron «¡Cerdos!» y «¡Polizontes maricones!». Arrojaron latas de cerveza y los policías reaccionaron tratando de dispersar la muchedumbre. Los participantes encontraron un sitio en construcción cercano donde había pilas de ladrillos.
Cuando los manifestantes atravesaron las ventanas (que habían sido cubiertas con contrachapado por los propietarios del bar para disuadir a la policía de asaltar el local) los policías que estaban en el interior sacaron sus pistolas. Las puertas fueron abiertas de par en par y los agentes apuntaron con sus armas a la masa furiosa, amenazando con disparar. El escritor de The Village Voice, Howard Smith, que se encontraba en el interior del bar con la policía, tomó una llave inglesa del bar y se la metió en los pantalones, sin saber si la usaría contra la policía o contra la masa. Vio cuando alguien echó un chorro de combustible dentro del bar y le prendió fuego mientras la policía apuntó, en ese momento se escucharon sirenas y llegaron los bomberos. El disturbio había durado 45 minutos.»

Los policías huyen en retirada; el «cuerpo de policía» se desintegra como institución política descomponiéndose en individuos derrotados, anómicos, estigmatizados, por este «individuo colectivo» que ha hecho valer su supremacía.

Las tornas se han cambiado; se ha experimentado una oscilación mimética de jerarquía. Los que se encontraban debajo se han elevado a costa de rebajar a sus adversarios. Los oprimidos se han colocado en el lugar de los opresores. Los perseguidos han intercambiado «el papel de presa con el cazador». En la turba ha quedado establecido un «campo social» significativo: el bando vencedor. En esta victoria se ha alcanzado la «solidaridad orgánica» enunciada por Émile Durkheim y se ha manifestado además el mecanismo fundador de dicha solidaridad. La «trascendencia social» subsiguiente genera un troquelado social intenso de pertenencia que no existía en el proceso sacrificial ni en el tiempo pre-sacrificial.

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A medida que el sacrificio va siendo consumado aparece un espacio topológico unitario que permite identificar «dentro y fuera», «nosotros y ellos», «salir y entrar» como matriz básica de la pertenencia gregaria al grupo. La unanimidad del linchamiento ha generado un nuevo «campo social» cuya primera «interacción simbólica» consiste en esta serie de dualismos propios de una banda u horda étnica, si no de una manada etológica.

Tras el linchamiento, el grupo se ha convertido en un ámbito cerrado de «interacción simbólica» que nada tiene que ver con la identidad homosexual o heterosexual.

Del análisis que hemos desarrollado se entiende sin dificultad que el significante mimético de la violencia es el factor que les ha unificado. La violencia es el común denominador del grupo; la homosexualidad es meramente el numerador específico de algunas facciones involucradas en esta unidad operatoria, pero no de todas.

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Fuera queda el enemigo del grupo a quien se ha expulsado del territorio apropiado («el nómos de la tierra»). Reflexivamente, los términos pueden combinarse a la inversa: nosotros dentro de este grupo hemos salido de sus esquemas simbólicos apropiándonos de su territorio.

Entonces surge un esquema interpretativo que se reiterará en el seno del grupo como una matriz generativa de todos los demás significantes individuales y colectivos. Pero este esquema no es la lógica del deseo sexual, sino el mecanismo del chivo expiatorio.

Esta distinción topológica, siquiera germinal, entre dentro y fuera del grupo genera la idea de «colectivo». Este «campo social» y la eutaxia de su «interacción simbólica» fueron puestos a prueba nada más terminar los disturbios.

Las fuerzas anti-disturbio de Nueva York (TPF) llegaron para liberar a los policías sitiados en el bar por la masa furiosa. Los anti-disturbio formaron en falange y cargaron para despejar las calles.

En este episodio el núcleo del grupo empieza a teñirse con el componente simbólico de la homosexualidad, y no antes. Tras el linchamiento el grupo de linchadores es uno frente al enemigo común, pero la unanimidad total no existe. El grupo alberga divisiones internas de conflicto entre las partes que lo componen. La facción homosexual es una parte que compite contra otras partes para apropiarse la victoria sobre la patrulla policial, que es tanto como atribuirse el origen de la unidad y su jefatura.

«La turba se burló abiertamente de la policía. La multitud se animó, comenzó a improvisar líneas de cancán y a cantar la melodía del The Howdy Doody Show con la siguiente letra: «Nosotras somos las chicas de Stonewall / Nuestro pelo es rizado / No llevamos ropa interior / Mostramos nuestro vello púbico». Lucian Truscott informó en The Village Voice: «La situación estancada provocó que algunos gais bromearan, haciendo una formación en forma de coro frente a la línea policial, que iba pertrechada de cascos y porras. Cuando la fila estaba en pleno baile, la TPF avanzó de nuevo y dispersó la masa de personas, llena de poderosos gais que no cesaban de gritar desde Christopher hasta la Séptima Avenida».
Craig Rodwell (…) informó haber observado a policías perseguir a manifestantes por las estrechas calles, para luego verlos aparecer por la siguiente esquina detrás de la policía. Los miembros de la masa detenían coches, volcando uno para bloquear la calle Christopher. Jack Nichols y Lige Clarke, en su columna publicada en Screw, declararon que «hordas de manifestantes furiosos los persiguieron [a la policía] por varias manzanas, gritando: ¡Cogedlos!».»

Los homosexuales se significan por su vistosidad evidente, pero no como figura dado que son mayoría. Se destacan como fondo significativo del grupo; es el fenómeno que la «psisología gestáltica» entiende como «conversión de la figura en fondo por ruido o saturación». La facción homosexual se convierte así por mímesis social en la identidad de la unidad colectiva según principios básicos de la «psicología de masas».

Cuando el sacrificio se completa, y sólo entonces, cada individuo identificado con el grupo se identifica consigo mismo. Esta identificación consiste en hacer suya la omnipotencia obtenida como parte de esa masa omnipotente. Trata de identificar el origen de tal identidad individual y colectiva. Busca esta identidad en un signo compartido por todos pero del que carecen los excluidos de esta totalidad.

La parte hegemónica de este grupo hegemónico identificó entonces su unidad mediante el significante de la homosexualidad, convirtiéndola en «seña de identidad» y en «hecho diferencial» de cada individuo como miembro de este grupo sociológicamente identificable. Los demás subgrupos se inhibieron por apatía o falta de interés y depusieron la competitividad contra la TPF o los propios homosexuales. Su «resentimiento mimético» no era tan intenso como para prolongar la algarada por más tiempo. El escándalo entre los homosexuales era, sin embargo, mayor.

Sobre las 4:00 de la madrugada, las calles se habían vaciado casi por completo. La carga del TPF dispersó a las facciones de gamberros, curiosos, borrachos y turistas, que ya no regresaron al barrio. Los homosexuales, mucho más sensibilizados por la significación mimética del linchamiento como venganza, regresaron o permanecieron pululando por los alrededores, excitando el ambiente o recreando el suceso. A causa de esta retirada la heterogeneidad del grupo cesó y la unidad alcanzó el límite de la totalidad puesto que la facción homosexual quedó a solas como un «conjunto unitario» o «conjunto de un solo miembro».

Apreciamos el paso de un tipo de unidad a otra muy distinta en dos tiempos bien diferenciados. En un primer tiempo, el linchamiento -una vez consumado- generó un grupo con «unidad de composición», dicho en términos escolásticos. Este mismo grupo luchó ya instituido contra la TPF como «individuo colectivo». Pero la visibilidad de la facción homosexual durante este enfrentamiento y la retirada de las demás facciones generaron, en un segundo tiempo, un grupo con «unidad de simplicidad». Después de las 4:00 AM nadie formaba parte de este grupo de «esqueleto disperso» sin la posesión de este rasgo homosexual genérico que, sin embargo, no fue determinante en ningún momento del linchamiento unificador.

Efectivamente, no era éste el signo que les había unido, sino este otro: la violencia unánime contra el «chivo expiatorio» de la policía. Antes del linchamiento, el grupo no existía como «nosotros» porque sólo eran individuos estigmatizados, «chivos expiatorios» expuestos al inveterado abuso social, como demostraba una vez más esta ominosa redada policial.

Antes de concluir el linchamiento no existía el espacio de interacción simbólico ni campo social que permitiera a los individuos pre-linchadores, o pre-Stonewall, hablar dicotómicamente en términos de «dentro/fuera», «nosotros/ellos», «amigos/enemigos», «aliados/traidores», y demás categorías psicosociales posibles.

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La homosexualidad era compartida antes del linchamiento sin generar unanimidad ninguna. Tampoco durante el despliegue del «sacrificio mimético» intervino este factor sexual. Fue esta violencia del sacrificio consumado la que otorgó esta unidad, ajena a toda pregnancia libidinal. Sólo la violencia mimética, y no sus preferencias homosexuales, identificaban correctamente esta unidad recién estrenada.

Sin embargo, esta identificación cambia con el enfrentamiento contra la TPF. Los linchadores identificaron incorrectamente el fundamento de su unidad{15}. Los integrantes del grupo interpretaron erróneamente su unidad sin fisuras, como ocurre en toda masa linchadora. Este error es inherente al deseo mimético en el tiempo post-sacrificial.

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El mimetismo, abandonado a sí mismo, inevitablemente genera este error en la masa mimetizada. El error se manifiesta como un cuadro de «alienación objetiva» (méconaissance), que domina a la masa objetivada como masa linchadora y que resulta de interpretar el proceso y sus efectos desde la escala individual (en este caso libidinal) en vez de colectiva (mímesis).

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Bajo los efectos de esta «alienación objetiva» los linchadores interpretaron su unidad milagrosa desde el significante de la homosexualidad. La homosexualidad adquirió así un significado novedoso de omnipotencia triunfal bajo el ascendente de la omnipotencia obtenida por el éxito de su linchamiento. Este es el origen significativo del llamado: «orgullo gay» o «Gay power», como arma de acción directa, que es equiparable en sus orígenes al fenómeno del «White power» del KukluxKlan o su imagen especular en el «Black power» de los «Panteras negras».

«La noche siguiente los disturbios volvieron a la calle Christopher. Los participantes recordarían de distinta manera qué noche fue la más violenta o frenética. Regresaron muchos que habían participado la noche anterior (transexuales, chaperos, jóvenes de las calles, «reinas»), pero se les unieron provocadores policiales, curiosos e incluso turistas. Lo más destacable para muchos fue la repentina exhibición de afecto homosexual en público, tal como describe un testigo: “De ir a lugares en los que había que llamar a una puerta y hablar con una persona a través de una mirilla para poder entrar. Sencillamente estábamos fuera. Estábamos en las calles”.»

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En otros pasajes se insiste en la misma convicción de la homosexualidad como significante. La violencia real queda eclipsada por un signo irrelevante para la unidad del grupo. Rápidamente, se impone un «pensamiento de grupo» según las pautas psicosociales establecidas por Irving Janis.

«La sensación de urgencia se extendió por Greenwich Village, incluso entre aquellos que no habían presenciado los disturbios. Muchos de los que se habían sentido conmovidos por la rebelión asistieron a reuniones organizativas, al intuir una oportunidad para entrar en acción. El 4 de julio de 1969 la Mattachine Society realizó su piquete anual delante del Independence Hall de Filadelfia, llamado Recordatorio anual. Los organizadores, Craig Rodwell, Frank Kameny, Randy Wicker, Barbara Gittings y Kay Lahusen, que habían participado durante varios años, tomaron un autobús junto a otros manifestantes desde la ciudad de Nueva York hasta Filadelfia. Desde 1965 estas manifestaciones habían sido muy controladas: las mujeres llevaban falda y los hombres traje y corbata y todos caminaban tranquilamente en filas organizadas. Ese año Rodwell recordó que se sentía prisionero de las normas que había establecido Kameny. Cuando dos mujeres se cogieron de la mano espontáneamente y Kameny las separó, diciendo: “¡Nada de eso! ¡Nada de eso!”. Rodwell convenció a diez parejas para que se cogieran de la mano. Estas parejas hicieron que Kameny se enfureciera, pero generaron más atención que todas las manifestaciones previas. La participante Lilli Vincenz recordaba que, “Estaba claro que las cosas estaban cambiando. Las personas que se habían sentido oprimidas ahora se sentían revitalizadas”. Rodwell regresó a la ciudad de Nueva York resuelto a cambiar las formas tranquilas, calladas y tímidas de llamar la atención. Una de sus primeras prioridades fue planificar el Día de la liberación de Christopher Street.»

El significado novedoso que adquiría en este grupo violento la homosexualidad no podía pasar desapercibido a Frank Kameny (1925-2011) o Barbara Gittings (1932-2007), los cuales eran líderes homosexuales que pertenecían a tradiciones de socialización pre-Stonewall, es decir, tradiciones previas a este fenómeno violento que es el seísmo histórico de la «revolución cultural».

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La sorpresa para Franz Kameny no pudo ser mayor al entrar en contacto con el grupo recién instituido y percibir, con asombro, su agresividad y la ruptura total respecto de las tradiciones homófilas clásicas, entre las que cabe contar la liberal del propio Kameny o la semi-católica de Gittings.

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Sin embargo, esta sorpresa de Kameny sólo sorprende a quien nada sabe de los mecanismos propios del deseo mimético y sus efectos alienantes sobre las masas histerizadas. Los cronistas, que tampoco conocen los mecanismos de la violencia colectiva, se sorprenden también de este detalle de la perplejidad de Frank Kameny y Barbara Gittings. Y lo consignan como si se tratara de una «conversión milagrosa» cuando en realidad es sólo una conversión psicosocial inherente al mimetismo violento, que succiona todo y no deja nada fuera de sí. Lo que a nosotros nos sorprende es que alguien pueda sorprenderse con tales banalidades, consignada en experimentos sociales como los del doctor Zimbardo, Stanley Milgram, Solomon Asch, &c.

«El auge de la militancia nueva fue evidente para Frank Kameny y Barbara Gittings (que habían trabajado en organizaciones homófilas durante años y cuya actividad había sido muy pública), cuando asistieron a una reunión de la GLF [Frente de Liberación Gay] para echarle una ojeada al nuevo grupo. Un joven miembro de la GLF exigió saber quiénes eran y cuáles eran sus credenciales. Gittings, sorprendida, tartamudeó, «Soy homosexual. Por eso estoy aquí.» La GLF emuló las técnicas de los manifestantes negros y contra la guerra del Vietnam, alineándose con ellos y con su ideal de que podían trabajar para reestructurar la sociedad estadounidense. Se sumaron a las acciones de los Black Panthers, fueron hasta la prisión de Nueva York en apoyo de Afeni Shakur y de otras causas de la Nueva Izquierda.»

Esta perplejidad, sin embargo, se disuelve cuando se analizan los disturbios de Stonewall bajo el prisma de la «violencia mimética». Pese a la convicción de los linchadores, su homosexualidad no causó nada por sí misma. Su unidad no tuvo la homosexualidad en el principio, ni en el fin ni en el fundamento. Su unidad se obtuvo por el deseo de la violencia por la violencia. De modo que su unión sólo se interpreta correctamente cuando se identifican con las «pautas fijas de acción» de un proceso etológico de persecución. Esta alienación objetiva (o méconaissance), derivada de las instituciones y técnicas surgidas de la mímesis, les impide reconocer la raíz violenta de este movimiento, violento como cualquier grupo terrorista o como cualquier célula talibán, y que explica su capacidad absorbente y fanatizadora.

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El grupo surgió como grupo de linchadores, como perseguidores, como sádicos, pero no como homosexuales, puesto que el deseo sexual siempre va después del deseo mimético, como el humo sigue al fuego. La verdadera «seña de identidad» y el verdadero «hecho diferencial» de este grupo incipiente e hipermimético se encuentran en esta violencia propia de una histeria colectiva. Esta es la esencia subyacente a este fenómeno psicosocial, donde la homosexualidad resulta irrelevante, aunque bajo los efectos de la alienación se agite como bandera significativa esta menudencia del detalle libidinoso.

Tras la «mímesis sacrificial» la masa unificada entró en la característica fase de «apaciguamiento mimético», donde la alienación tiende a acomodarse paulatinamente mediante la conducta etológica de filiación o la institución del lenguaje expresivo, apelativo y denotativo. El sacrificio siempre trae consigo la catarsis que libera al grupo de todo miasma.

«Sobre las 4:00 de la madrugada, las calles se habían vaciado casi por completo. Muchas personas se sentaban en escalinatas o se concentraron cerca de Christopher Park a lo largo de la mañana, un poco aturdidos ante lo que había sucedido.
Muchos testigos presenciales recuerdan el silencio surrealista e inquietante que descendió sobre Christopher Street, aunque «el ambiente continuaba electrizado». Un testigo comentó: “Había cierta belleza en los momentos posteriores a los disturbios… Era obvio, por lo menos para mí, que mucha gente era gay de verdad y, sabes, ésta era nuestra calle”.»

Esta «homeostasis» del grupo se prolongó durante dos días más, donde el mecanismo psicosocial de la «mentalidad persecutoria» fue consolidándose. Los protagonistas quedaron imprimados por el suceso con fuertes vínculos afectivos de complicidad que los adhería a este «campo social» y la «interacción simbólica» en su interior.

Durante esas 48 horas se reforzaron los estereotipos victimarios por medio de las consignan, las exhortaciones, los chascarrillos, la murmuración, las charlas ocasionales, los abrazos y todo tipo de contactos físicos entre sus miembros para reforzar la complicidad y la camadería o la narración reiterada del linchamiento, de modo que la alienación inicial no hizo sino agravarse mediante estas instituciones sobrevenidas al hecho fundador. El memorial del parque Chistopher documenta ampliamente este corolario.

La reacción violenta de un medio hostil no hizo sino compenetrar todavía más al grupo bajo la catexia de la «mentalidad acusatoria», donde el signo de la homosexualidad se hizo obsesivo y se consolidó como matriz nematológica de las normas grupales frente a sus enemigos internos y externos.

Surgen en este período post-liminar las primeras jefaturas que recaerán entre los individuos má beligerantes y hábiles para manejar con pericia estas normas incipientes en el campo socio-simbólico. El grupo pasa de la indiferenciación a una progresiva diferenciación. Se aglutinan grupos que repiten como un fractal la primera masa linchadora como fuente de significación. Pero ya replican el significante falaz de la homosexualidad como principio aglutinador, en vez de la violencia primordial. El FLG, el GAA o el FHAC surgen como entidades clánicas de base. Se despierta un fetichismo de la violencia, casi un totemismo, que imanta a los individuos homosexuales bajo su magnetismo arrebatador. Los términos de chivoexpiación contra los homosexuales son asumidos por el grupo como epónimos que expresan la violencia grupal. Pero ya entramos en una escala de análisis muy fino que desborda los términos del presente capítulo. Prosigamos con la descripción de los hechos aportada por la parte interesada para ilustrar el proceso:

«El miércoles, para empeorar la situación, The Village Voice incluyó reportajes sobre los disturbios, escritos por Howard Smith y Lucian Truscott, acompañados de descripciones poco agraciadas de los sucesos y sus participantes: «afeminados» (limp wrists) y «locas domingueras» (Sunday fag follies).
Una masa de gente marchó de nuevo por Christopher Street y amenazó con quemar las oficinas del The Village Voice. En esa misma manifestación, de entre 500 y 1.000 personas, se encontraban otros grupos que habían tenido anteriormente enfrentamientos sin éxito con la policía y que tenían curiosidad por ver cómo la policía era derrotada en esta ocasión.
Tuvo lugar otra explosiva batalla callejera con igualdad de heridos entre manifestantes y policías, saqueos en las tiendas locales y el arresto de cinco personas. Los incidentes del miércoles por la tarde duraron una hora aproximadamente y fueron resumidos de esta forma por un testigo: “Se ha corrido la voz. Christopher Street será liberada. Los maricas se han hartado de la opresión”.»

El linchamiento fundador como significante suministra el significado a todo este movimiento de «liberación queer» incipiente. Es también origen de todo signo posterior (banderas, insignias, emblemas, modismos lingüísticos, indumentaria, lenguaje corporal) y de toda posible significación (mitemas, ritemas, códigos de conducta). En este origen violento surge la unidad de un grupo compenetrado por una violencia común, contra todas las formas comunitarias tradicionales, de la que los propios homosexuales formaron parte y fueron agentes reputados.

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En el apartado siguiente analizaremos cada una de estas instituciones surgidas de la violencia fundadora del sacrificio original. Nos referiremos, por este orden, a los ritos, mitos y normas comunitarias del movimiento LGBT. Estudiaremos in actu nascente el curso y el cuerpo de este fenómeno histórico que nació en la «revolución del 68», pero que ha evolucionado y se ha difundido adoptando incluso formas aparentemente incompatibles con el núcleo esencial que aquí dejamos consignado.

A lo largo de este capítulo hemos ilustrado nuestro análisis con imágenes de sucesos análogos a los que ocupa nuestra argumentación. Hemos establecido una homología entre el linchamiento de Stonewall y la persecución contra los peregrinos de la JMJ en agosto de 2011 o la profanación de la capilla de Psicología en el Campus de Somosaguas en la Universidad Complutense de Madrid el 12 de marzo del 2011. Ciertamente, la particiación de militantes LGBT fue más tangencial en uno que en otro caso. Sin embargo, mutatis mutandis, esta «conversión al fantasma» de las fotografías expuestas muestra cómo la estructura esencial de Stonewall se repite en estos sucesos, y viceversa. El movimiento LGBT siempre actúa bajo el mismo patrón. Este código de conducta violenta es su esencia desde hace 40 años hasta hoy. Stonewall se replica en cada acción del movimiento aunque el movimiento LGBT y sus simpatizantes niegen esta violencia intrínseca con una estrategia de repliegue. Disimulan esta esencia bajo un camuflaje ideológico, basado en la restricción mental, la hipocresía, la mentira política y la mala fe.

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El esquema sacrificial manifestado en Somosaguas, o el de la marcha laica de la JMJ, reproduce el mismo esquema de «acción directa» y «expulsión territorial» de la «revolución cultural», que se replicó a su vez en Stonewall, pero dado a la escala de un grupo consolidado desde hace 40 años: toma de un territorio (Plaza del Sol, Campus Somosaguas), expulsión de los intrusos (peregrinos, fieles y creyentes católicos), significación del grupo linchador por la identidad homosexual, alianzas con otros grupos de acción directa herederos del sesentaiochismo (perroflautas, indignados, anarquistas libertarios, izquierdismo situacionista, lumpensocialistas, gamberros antisociales…), consolidación y recreación del grupo linchador a expensas de un tercero, &c.

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El movimiento LGBT se cohesiona cíclicamente por la repetición ceremonial del linchamiento fundador; de hecho no tiene otro modo de crecer y consolidar su estructura comunitaria. Asistimos a la repetición del esquema ritualizado del «chivo expiatorio» surgido espontáneamente en el linchamiento mimético de Stonewall. Si no se interviene correctivamente desde una plataforma estatal estos movimientos de histeria colectiva amenazan con reiterar su bucle estructural con plazo indefinido. Esta cuestión la trataremos en el capítulo 5, en el apartado dedicado a la intervención política donde expondremos nuestra propuesta para atajar este fenómeno de histeria colectiva, antisocial y anómico, enemigo por tanto de la sociedad civil y la eutaxia del Estado.

El análisis desarrollado hasta ahora ha mostrado la identidad violenta de estos sucesos dentro de sus respectivas diferencias. El análisis del capítulo siguiente mostrará la estructura de las diferencias dentro de su estricta identidad.

Notas

{1} Antonio Anatrella, La diferencia prohibida, Ed. Encuentro, Madrid, 2008.

{2} Alasdair MacIntyre, Tras la virtud, Ed. Crítica, Barcelona, 2004.

{3} Michael Bronski (ed.), Pulp Friction: Uncovering the Golden Age of Gay Male Pulps, St. Martin’s Griffin, 2003, p. 12.

{4} Alfonso Fernández Tresguerres, El signo de Caín. Agresión y naturaleza humana, Eikasia, Oviedo, 2003.

{5} Hannah Arendt, Sobre la violencia, Alianza, Madrid, 2008.

{6} Gustavo Bueno, La vuelta a la caverna, Ediciones B, 2005, pp. 62-209.

{7} Paolo Virno, Gramática de la multitud, Traficantes de sueños, Madrid, 2003.

{8} Donn Teal, The Gay Militants, St. Martin’s Press, 1971. Jonathan Katz, Gay American History: Lesbians and Gay Men in the U.S.A., Thomas Y. Crowell Company, 1976. Barry Adam, The Rise of a Gay and Lesbian Movement, G. K. Hall & Co, 1987. Eric Marcus, Making History: The Struggle for Gay and Lesbian Equal Rights, 1945 to 1990, HarperCollins, 1992. Martin Duberman, Stonewall, Penguin Books, 1993. Nicholas Edsall, Toward Stonewall: Homosexuality and Society in the Modern Western World, University of Virginia Press, 2003. David Carter, Stonewall: The Riots that Sparked the Gay Revolution, St. Martin’s Press, 2004.

{9} René Girard, El misterio de nuestro mundo, Sígueme, Salamanca, 1982, cap. V, pp. 136-162. Cfr. René Girard, El chivo expiatorio, Anagrama, Barcelona, 2002.

{10} Empleamos el término «unanimismo» no para designar una corriente literaria (G. Duhamel, J. Romains, G. Chennevière, C. Vildrac) sino como categoría propia de una disciplina beta-operatoria: la «sociología de masas», según quedó establecida por Gabriel Tarde o Gustave Le Bon. Empleamos su categoría de «mímesis» como ha sido aplicada a la «teoría de masas en estado de pánico». Cfr. Jean Pierre-Dupuy, El pánico, Gedisa, Barcelona, 1999. Jean-Pierre Dupuy, El sacrificio y la envidia, Gedisa, Barcelona, 1998.

{11} Para una crítica de la Idea de «memoria histórica» ver: Gustavo Bueno, Zapatero y el pensamiento Alicia, Temas de hoy, Madrid, 2006, pp. 207-237. Cfr. Gustavo Bueno, «Sobre el concepto de «memoria histórica común»», El Catoblepas, nº 11, enero 2003, p. 2, nodulo.org/ec/2003/n011p02.htm. «Sobre la imparcialidad del historiador y otras cuestiones de teoría de la Historia», El Catoblepas, nº 35, enero 2005, p. 2, nodulo.org/ec/2005/n035p02.htm. Cfr. Teatro Crítico, mesa redonda n. 21, teatrocritico.es/tcm/tc321.htm.

{12} Gustavo Bueno, «Psicoanalistas y epicúreos. Ensayo de introducción del concepto antropológico de heterías soteriológicas», El Basilisco, n. 13, pp. 12-39.

{13} Sobre estas cuestiones de la falacia «propter hoc, ergo hoc» y la relación del tiempo histórico con los fenómenos culturales en el efecto mimético de las llamadas «profecías autocumplidas» ver: Paul Watzlawick, La coleta del barón de Münchausen. Psicoterapia y realidad, Herder, Barcelona 1992. Cfr. ¿Es real la realidad? Confusión, desinformación, comunicación, Barcelona, Herder, 1994. Jean-Pierre Dupuy, «Le Signe et l´Envie» en L´enfer des choses, Seuil, París, 1979, p. 66.

{14} René Girard, El chivo expiatorio, Anagrama, Barcelona 2002, pp. 21-78.

{15} Sobre esta relación entre unidad-identidad ver: Gustavo Bueno, «Predicables de la identidad», El Basilisco, 2, 25, pp. 3-30.

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NOTA de HIRANIA: He tenido el honor de reproducir este artículo originario de

El Catoblepas“, revista digital del filósofo don Gustavo Bueno.

Fuente: http://www.nodulo.org/ec/2012/n120p01.htm

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