TRADICIÓN EUROPEA (5)

Respecto al mundo griego, el mundo romano nos presenta una espiritualidad más secularizada. La tradición olímpica asume una fisionomía más terrestre, una vocación política y organizadora. […]
Hay, ciertamente, una Roma de los orígenes, con su Olimpo en la acrópolis de los Montes Albanos; con el rey sacro que deriva su tradición del rey de los bosques de Nemi. La Roma del antiguo calendario, permeada por la ritualidad de los días y los aniversarios, que funde lo terrestre con lo cósmico y lo útil con lo sagrado. La Roma que con el culto del fuego mantiene el contacto con las fuentes indoeuropeas, y con sus flamines nos ofrece un paralelo con el antiguo orden brahmánico:
“Muchos indicios convergentes hacen suponer que la ciencia sagrada de los Romanos, como la de India e Irán, establecía un paralelismo entre la jerarquía de las funciones sociales (magia, guerra, fecundidad) y la división vertical del mundo (cielo, tierra y subsuelo). Esta correspondencia se revela aún más significativa si se considera que también en Roma colores simbólicos –los mismos que en India e Irán- se asocian a las dos primeras funciones sociales: los flamines se distinguen por el blanco, el rojo es el color de la capa del general y del vestido del rey…
Júpiter, Marte y Quirino son los patrones de las tres funciones sociales que en India corresponden a las tres castas arias: omnipotencia mágica y jurídica, fuerza guerrera, fecundidad” (Georges Dumèzil, “Jupiter, Mars, Quirinus”)
Pero ya en estos primeros tiempos la sacralidad oscila en un dominio menos aéreo que en la especulación religiosa griega y tiene un colorido más terrestre.
El símbolo es Decio Mure, que hace voto a los dioses en el campo de batalla para que, satisfechos con el sacrificio del cónsul, den la victoria al Estado romano. La religiosidad romana tiene un fondo exquisitamente político.
Más aún que la griega, esta espiritualidad parte de la familia para identificarse en el Estado como en una familia más grande y sagrada. Todas las fuerzas de la sangre y la tradición se disciplinan para una evocación final en la cual las potencias de la estirpe maduran en fuerzas metafísicas. […]
En el mundo romano, lo divino no se contrapone a lo humano, sino que se desarrolla partiendo de ello, en un proceso de maduración de la personalidad por el cual el destino individual se eleva a fatum. Esto lo ha comprendido bien Altheim cuando contrapone la genialidad “daimónica” de un Aníbal –fulgurante pero transitoria- con la genialidad lentamente madurada en providencia de un Escipión. […]
Agotadas las fuerzas de la estirpe o gentes, y con ella el culto gentilicio y la clase dirigente, se planteaba el problema de una reforma centralizadora. Julio César primero y después Octavio Augusto intentaron reedificar el edificio de la religión romana sobre la base del culto gentilicio del príncipe visto como genius populi romani. Un experimento que denota influencias helenísticas, pero también una originalidad específicamente romana. […]
No es por simple preocupación científica que César sustituye el calendario en uso con el suyo. Ningún pueblo ha vivido tanto como el romano dentro del círculo mágico-agrícola del año; el hombre que funda un nuevo año es, también, un creador religioso. De la misma manera, haciendo referencia a los míticos orígenes de Roma y al genio de la gens Iulia, ponía las bases de una restauración revolucionaria. […]
Augusto fue quien perfeccionó el experimento restaurador. Ya en el apelativo, que evoca la noción del pacífico acrecimiento y también los auspicios (augurium) y la potestad divina (auctoritas), se revela su genio político y religioso. Como asumiendo las denominaciones di princeps e imperator se guarda mucho de imitar la realeza de marca oriental y busca una nueva legitimidad de carácter romano, así las nociones de auctoritas e imperium evocan una sacralidad política que hace referencia a los orígenes. Augusto, censor, pontífice, reorganizador de la moralidad pública es, como César, el inspirador de una nueva religiosidad que encontrará su expresión en la Eneida de Virgilio o en el Carmen Saeculare de Horacio. […]
El Honor y la Fidelidad restaurados, las armas de Roma cuyo poder llega hasta los confines de Persia: es el escenario de la restauración de Augusto con su mito de la aeternitas Romae.
Pero es ya neoclasicismo, un romanticismo de los orígenes cultivado por una sociedad elegante y ciudadana. Virgilio y Horacio son –fuera de la oratoria de los días festivos- uno burguesamente sentimental y melancólico, otro burguesamente epicúreo.
El mismo Augusto sintió el peso de tener que mantener esta fachada, y en el día de su muerte preguntó a los familiares: “¿He recitado bien mi parte?”. No es que los mitos de la restauración de Augusto sean pura retórica: vibra tras ellos la firmeza de una clase dirigente dispuesta a soportar la carga del orden. Lo sagrado ha perdido intensidad, pero permanece la conciencia de que sólo el espíritu romano puede garantizar al mundo ese orden que por definición es divino.
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