Ernst Nolte, ó el historiador heideggeriano

[ENSPO]:

Conocida es la distinción de Norman G. Finkelstein entre el holocausto como hecho histórico y “el Holocausto” (con mayúsculas) como ideología e instrumento de propaganda sionista al servicio del Estado de Israel. “La industria del Holocausto comienza con las siguientes palabras: Este libro es tanto una anatomía como una denuncia de la industria del Holocausto. En las páginas que vienen argumentaré que ‘el Holocausto‘ es una representación ideológica del holocausto nazi. Y añade en nota: “En este texto, la expresión holocausto nazi se emplea para designar el hecho histórico real y Holocausto, para referirse a su representación ideológica”. La ideología del Holocausto “como la mayoría de las ideologías, posee cierta relación con la realidad, aunque sea tenue”

(Finkelstein, N. G., La industria del Holocausto, Madrid, 2002, p. 7).

La obra de Nolte se sitúa en el crucial intersticio entre el holocausto “real” y su “representación ideológica”, mientras otras,[otros libros y artículos] para satisfacción de Sión, cometen la torpeza de negar hasta los crímenes racistas, perfectamente probados, de los Einsatzgruppen.

Nolte es quizá el único historiador de oficio capaz de plantear, prácticamente solo, semejante desafío, verdadera amenaza para la “ideología antifascista” (siendo así que ataca su núcleo central) y, por lo tanto, para el dispositivo de poder -el “Sistema”- que dicha ideología legitima, justifica o fundamenta de facto.

César Vidal reconoce implícitamente este extremo “estratégico” en su impresentable panfleto La revisión del Holocausto (1994):

[Cesar Vidal]:

Sin embargo, los ataques dirigidos contra la memoria del Holocausto no se han ceñido a su negación. Por el contrario, en algunos casos admiten, de mayor o menor buena gana, su realidad histórica. Esta versión, a la que estamos asistiendo desde hace algunos años, resulta más sutil, más refinada y, precisamente por ello, tanto o más peligrosa que la negación desnuda. Me estoy refiriendo a lo que yo denominaría la trivialización del genocidio. Ésta consiste en la aceptación fría y aséptica de que el mismo tuvo lugar, pero acompañada de la relativización ética, de la comparación desproporcionada con otras catástrofes históricas, de la aceptación de que el mal más horroroso es inevitable y que, por tanto, como consecuencia lógica, el Holocausto no deja de ser algo vulgar, corriente, trivial en suma, dentro del devenir histórico

(Vidal, Cesar., La revisión del Holocausto, Madrid, Muchnik, 1994, pp. 167-168).

[ENSPO]:

Para quienes conozcan mínimamente la obra de Nolte, pretender que éste considera el holocausto como algo “trivial” incurre en una falsificación consciente pura y simple. Pero César Vidal ya nos tiene acostumbrados a ello, y la “obra” en cuestión, repleta de fraudes, plagios y manipulaciones, es un buen ejemplo de deshonestidad intelectual integral. Pero salvando tal obviedad, [César] Vidal atestigua que, para los sustentadores y promotores académicos de la ideología del Holocausto, Nolte y, en general, los historiadores de la línea noltiana, representan un peligro harto más acuciante que los escritores negacionistas. Para empezar, porque Nolte desarrolla su trabajo desde el interior de la institución académica funcionarial respetando -a los ojos del Sistema, que impone un dogma bajo amenaza penal- todas las pautas metodológicas de la ciencia historiográfica, sin ceder ni un palmo de rigurosidad a presuntos imperativos políticos filofascistas. El precio que Nolte tiene que pagar por la satisfacción de este requisito de carácter a su vez político y, en el fondo, inquisitorial, es a nuestro entender muy alto en términos teóricos, pero si analizamos hasta dónde ha llegado en su tarea de crítica a la ideología antifascista, podremos medir también el espesor de la autocensura a que está sometida la ciencia en el presunto “mundo libre”.

Sólo Nolte podría transcribir, en un debate sobre la influencia de la comunidad judía rusa en la revolución bolchevique, el siguiente fragmento de Jerry Z. Muller, publicado en “Commentary” (1988), “órgano de la derecha judía en Estados Unidos”:

[Jerry Z. Muller]:

Si bien los judíos fueron muy visibles en las revoluciones de Rusia y Alemania, en Hungría parecían estar presentes en todas partes. (…) De los 49 comisarios estatales, 31 eran de origen judío. (…) Racosi [Rakosi] bromeó más adelante que si Gorbay (un gentil) había sido elegido para su cargo fue “para disponer de álguien que pudiera firmar las penas de muerte los sábados”. (…) Pero el notable papel de los judíos en las revoluciones de 1917-1919 le dio al antisemitismo (que en 1914 pareció menguar) nuevos ímpetus. (…) Los historiadores que enfocaron su atención en los ideales utópicos expuestos por los revolucionarios judíos han desviado su atención del hecho de que aquellos comunistas de origen judío, no menos que sus colegas no-judíos, fueron arrastrados por sus ideales a participar en crímenes nefandos -contra judíos y no-judíos por igual

[ENSPO]:

(citado por Nolte, Ernst., Después del comunismo. Aportaciones a la interpretación de la historia del siglo XX, Barcelona, Ariel, 1995, p. 194, original en alemán Lehrstück oder Tragödie?, Colonia, 1991).

Nolte no se limita a citar, sino que pregúntase por la procedencia de esos “ideales” (¿criminógenos?) en nombre de los cuales judíos y gentiles exterminaron a cien millones de personas:

(…) difícilmente se les hará justicia a los judíos si sólo se ve en ellos a una débil minoría y no, como sería más lógico, a un “pueblo que dio a la humanidad una religión mundial en la que aún había presentes elementos de una antigua religión tribal que ellos trataban de conservar”. (…) / Por otra parte, ¿no se daba un íntimo parentesco entre el mesianismo del socialismo y el mesianismo del Antiguo Testamento?

(Nolte, op. cit., p. 195).

La primera observación relevante, a efectos de nuestros intereses, en torno a la figura de Ernst Nolte, sería que se trata de un historiador, no de un filósofo. Pero de un historiadordiscípulo de

Martin Heidegger, cima del pensamiento del siglo XX y, al mismo tiempo, militante nacionalsocialista. Dato que, de alguna manera, justifica la presunción -o la “sospecha”, según se mire- de detectar la huella del pensamiento profundo, a la par que la influencia metapolítica del maestro, en sus investigaciones sobre el fascismo y el nazismo, es decir, en aquellas obras que, a la postre, consagraran a Nolte, bajo la tempestad de una estrepitosa polémica, en el pedestal de su celebridad non political correctness. QQQ La segunda observación relevante, que, de alguna manera, despréndese de la anterior, es que Nolte no es un historiador mediocre, tampoco un historiador revisionista, sino un historiador profesional descollante, reconocido y distinguido como tal -con todas las objeciones y excomulgaciones políticas que se quiera- por la institución académica “oficial”. QQQ Este dato tiene ventajas e inconvenientes a la hora de valorar la obra de Nolte, pero, en cualquier caso, avala la suposición de que no se puede utilizar el habitual método del ensordecimiento para “refutar” a Nolte como se ha hecho, por ejemplo, en España, con Pío Moa (a pesar de la absoluta profesionalidad de Moa, conviene subrayar).

En este sentido, publicaba el diario “El País” la siguiente noticia: [23 junio 2000]:

Un premio con escándalo. Polémica en Alemania por el galardón a un historiador que ve una ‘base racional’ en el nazismo”,

[crónica  de Roger Cohen en “El País”]:

 

Alemania vive estos días un grave debate ideológico sobre su pasado bajo el régimen nazi, después de que uno de los galardones literarios más importantes del país haya ido a parar a manos de un historiador que ha justificado en varias ocasiones la destructiva ideología de Adolf Hitler. El autor en cuestión se llama Ernst Nolte, y se le conoce por argumentar que el antisemitismo del régimen nazi tenía una “base racional”, y que el nazismo no era, en su esencia, más que una respuesta al bolchevismo soviético. Este mes, Nolte ha recibido el Premio Konrad Adenauer de literatura, causando un escándalo que ha salpicado de reacciones de desprecio las páginas de todos los periódicos del país y ha provocado una profunda división en la histórica institución que lo otorga.

El premio, otorgado también en su día al mismísimo excanciller Helmut Kohl, es adjudicado por la Fundación Alemania, según sus bases, a trabajos que “contrinuyen a un futuro mejor”. La organización, con sede en Múnich, es conocida por su conservadurismo y se le atribuye cierta proximidad con el ala derecha de la Democracia Cristiana, pero nunca se la había considerado reaccionaria hasta ese punto.

En agradecimiento del premio, Nolte tampoco se hizo un favor. “Debemos dejar atrás la idea de que todo aquello que se opone al nacionalsocialismo es lo correcto”, proclamó. También añadió que, al ser el nazismo “la fuerza más poderosa” de las que se oponían al bolchevismo, y al ser éste un movimiento con gran apoyo de la comunidad judía, Hitler tenía una base “racional” para atacar y perseguir a los judíos.

En Alemania y Francia se ha hecho patente una reacción de los conservadores ante lo que los franceses llaman “la izquierda angelical”, el nuevo progresismo, al que acusan de poner en práctica una política europeísta que amenaza al tradicional modelo de Estado-nación con una especie de marea multicultural integradora.

En este contexto, Nolte se presenta con éxito como un iconoclasta de sesgo conservador. Pocos días después de recibir el premio, recibió aplausos entusiastas al término de una conferencia en París, donde, de nuevo, expuso sus tesis sobre la persecución a los judíos.

En opinión de Charles Maier, historiador de Harvard, “premiar el trabajo de Nolte es un claro manifiesto político para apoyar la idea de que, en comparación con lo que se hizo en la Unión Soviética, no es correcto demonizar el nazismo”. “En el contexto de Alemania, es exculpatorio, y también absolutamente escandaloso”, añade.

La indignación en Alemania ha sido alimentada, además, por el hecho de que otro prestigioso historiador, Horst Moller, director del Instituto de Historia Contemporánea, decidiera hacer el discurso de presentación de Nolte. Moller destacó en su texto que no estaba de acuerdo con las tesis del galardonado, pero alabó “toda una vida de trabajo de alto nivel”, y lanzó un potente ataque contra los intentos “demagógicos y llenos de odio” de acabar con este debate en Alemania.

La masiva reacción a sus palabras se ha plasmado en los periódicos, llenos de cartas de otros historiadores que piden la dimisión de Moller. En una carta abierta al diario Die Zeit, Heinrich Winkler, profesor de Historia en la Universidad Humboldt de Berlín, dice: “El profesor Moller se permite tomar partido en una corriente intelectual que trata de integrar las posiciones revisionistas y de ultraderecha en el discurso conservador”.

Pero Nolte está decidido a luchar contra la eterna victimización alemana por el holocausto. En su discurso, atacó a aquellos que defienden “una imparable transición hacia la globalización”. También denunció amargamente lo que considera una “acusación colectiva” permanente contra Alemania desde 1945.

El historiador, autor de libros como Tres caras del fascismo y La guerra civil europea, es conocido por este tipo de argumentos acerca de Hitler, Stalin y los judíos desde hace años. Pero nunca antes una prestigiosa institución como la Fundación Alemania le había apoyado de manera tan contundente, un gesto que sugiere que la propia ala derecha de la Democracia Cristiana está dispuesta a adoptar la idea de que los horribles crímenes nazis no fueron los únicos en aquella época y que han sido injustamente singularizados.

*** [Hasta aquí el artículo publicado en “El País”].

[ENSPO]:

Como el artículo de la secta acredita, no es necesario “negar” el holocausto in toto para desencadenar las iras de los testaferros intelectuales de la oligarquía. Nolte no es un historiador negacionista. Ya veremos su matizada e interesante posición sobre el revisionismo. Sea como fuere, los brutales ataques que sufre, la excomunión de Nolte por parte de un sector de la academia, es decir, del sionismo y del antifascismo de cátedra, así como la ascendencia filosófica de aquél, autorizan a otorgarle un mínimo de credibilidad como fuente de información. Y si no él, ¿quién? En una entrevista fechada el año 2005 le preguntan a Nolte sobre la crisis de la historiografía como ciencia. La respuesta de Nolte es la siguiente:

Es konnte sein, dass Geschichtsschreibung in dem Sinne, wie wir sie verstanden haben, bereits nicht mehr existiert und dass an die Stelle einer wissenschaftlichen Geschichtsschreibung, die immer auch abwägend und vergleichend vorgeht, so etwas wie eine neue mythologische oder dogmatische Grunderzählung tritt. Hier wäre “Auschwitz” als das Ereignis des Erscheinens des “absolut Bösen” zentral, das hinfort die Stelle des Opfertodes Christi einnehmen würde und alles Denken auf sich bezogen sein liesse. Jede Art von Kritik würde ebenso verboten, ja von vornherein undenkbar sein, wie es im Mittelalter gegenüber der Kreuzigung Christi der Fall war

(Nolte, E., Siegfried Gerlich im Gespräch mit Ernst Nolte. Einblick in ein Gesamtwerk, Heidenheim, Antaios, 2005, pp. 16-17).

Traducción “libre”:

“Podría ser que la historiografía en el sentido en que nosotros la hemos entendido siempre ya no exista más, y que en lugar de una historiogtrafía científica, que siempre procede sopesando y comparando, irrumpa una nueva narración mitológica o dogmática. Aquí ocuparía el centro “Auschwitz” como acontecimiento de la aparición del “mal absoluto”, que desplazaría de su lugar el sacrificio de Cristo y atraería hacia sí todo pensamiento. Cualquier suerte de crítica sería también prohibida (verboten), si no de antemano tenida por impensable, como respecto de la crucifixión de Cristo en la Edad Media”.

QQQQ

Para nosotros son éstas afirmaciones mucho más “subversivas” que las famosas desencadenantes de la Historikerstreit. Un anuncio del mundo orwelliano que nos espera, del mundo en el que ya vivimos en parte, profetizado por un historiador de la talla de Nolte. Todavía podemos detener la abominación, pero únicamente comprometiéndonos con la verdad racional. ¡Éste es el mensaje!

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HISTORIKERSTREIT

Nolte fue, por otro lado, el iniciador de la famosa Historikerstreit (polémica de los historiadores) con su famoso artículo [*] Vergangenheit, die nicht vergehen will (“el pasado que no quiere pasar”), publicado el 6 de junio de 1986 en el “Frankfurter Allgemeine Zeitung” [F.A.Z.]. Quizá el fragmento más famoso del documento es el siguiente:

Pero igualmente debe parecer lícito y casi inevitable el siguiente interrogante: ¿Llevaron a cabo los nacionalsocialistas, llevó a cabo Hitler, una acción “asiática” sólo porque ellos y sus semejantes eran víctimas potenciales o reales de una acción “asiática”? ¿El archipiélago Gulag no fue un antecedente de Auschwitz?

%%%%%%%%%%%%%%%

En lengua castellana podemos disfrutar de la siguiente “réplica” [**] de un historiador español [en realidad, es alemán aunque residente en Zarautz desde hace muchos años] que pone en evidencia la “gravedad” (para los guardabarreras docentes del sistema oligárquico) de las tesis de Nolte a pesar de que no niegan el holocausto:

Este último “detalle” es importante y debería hacer reflexionar a muchos supuestos socialpatriotas cuyo desprecio hacia la verdad resulta a la postre idéntico a aquél que atribuyen a los “lacayos del sistema”. No veo cómo se puede tener la más mínima noción de la verdad desde posiciones “mágicas” evolianas y mamarrachadas irracionalistas de similar jaez.

A la Historikerstreit dedicaremos, en su momento, una serie de entradas, que incluirán la traducción al castellano (hasta ahora, curiosamente, inédita) del famosísimo y casi mítico pero desconocido -por estos pagos- artículo de Nolte. No he podido localizar la versión francesa y de la inglesa, si la hay, prefiero no ocuparme por cuestiones de higiene.

[réplica de Ludger Mees, en 15 sept 2006, al artículo “Vergangethet…”, de Ernst Nolte, publicado en F.A.Z. en 6 de junio de 1986]:

[**] =(Artículo publicado por Ludger Mees en “El País”, 15 sept 2006).

El pasado que no quiere pasar

Este fue el título de un ensayo (Vergangenheit, die nicht vergehen will) que en un día de verano de hace 20 años publicó el prestigioso diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung [*] en su sección de cultura. Su autor era el catedrático de Historia Ernst Nolte, un experto en el fascismo que impartía clases e investigaba en la Universidad Libre de Berlín. El subtítulo del ensayo indicaba que se trataba de una “conferencia que pudo ser escrita pero no pronunciada”. Aunque todavía hoy no está claro si esta denuncia de una posible censura era fundada o un truco propagandístico de su autor, lo cierto es que la tesis principal del largo escrito de Nolte contenía una bomba dialéctica. Nolte negaba la singularidad del régimen nacionalsocialista, argumentando que bajo el estalinismo se habían cometido crímenes que incluso superaban a las atrocidades de Hitler y sus acólitos, por lo que la causa última del auge del fascismo alemán no fue otra que una reacción defensiva ideada para hacer frente al expansionismo bolchevique. Como era de prever, el artículo causó un terremoto en los círculos académicos, intelectuales y periodísticos de Alemania.

Fue Jürgen Habermas, el filósofo de Francfort, quien lideró el contraataque contra las tesis de Nolte y otros historiadores (Stürmer, Hillgruber, Hildebrand) que de una u otra forma le habían apoyado. Habermas reprochó a los revisionistas el haber tergiversado la historia con fines claramente políticos, inducidos por el Gobierno conservador de Kohl. Según el canciller y sus historiadores afines, se trataba de recuperar una sana identidad nacional sin la cual el pueblo alemán y su Estado no podían tener futuro. Para ello era preciso deshacerse de la losa de la mala conciencia por el pasado nazi, para poder mirar al futuro nuevamente con orgullo. La tesis de que los crímenes de Stalin eran más originarios que los de Hitler, y que éste no era una consecuencia lógica de la historia alemana, sino un lamentable accidente provocado por una amenaza externa, encajaba perfectamente, en opinión de Habermas, en esa estrategia político-historiadora.

Así se desencadenó lo que hoy, incluso internacionalmente, se conoce como el Historikerstreit, la disputa o la polémica entre historiadores alemanes. Fue un debate durísimo, que en ocasiones rebasó los límites de la decencia y buena educación tan sagradas en la comunidad académica alemana y se prolongó durante casi una década. El importante seguimiento mediático que tuvo facilitó la incorporación al debate de amplios sectores de la ciudadanía alemana.

En un balance 20 años después cabe destacar dos resultados. En una perspectiva historiográfica, se han consolidado las tesis de que las causas del nacionalsocialismo fueron más de índole interna que externa y de que el móvil principal de Hitler no fue su temor al bolchevismo, sino su exacerbado racismo antisemita. En segundo lugar, destaca la socialización de la polémica y sus consecuencias positivas para la democracia en Alemania.

Pese a los intentos de Nolte y compañía, el desastre alemán -una expresión acuñada en 1946 por Friedrich Meinecke, uno de los grandes de la historiografía alemana- sigue hoy muy presente en la memoria colectiva de los alemanes (lo acaba de demostrar la reciente polémica sobre la pertenencia de Günter Grass a las SS), formando un potente dique de contención frente a las tentaciones de historiadores revisionistas y opciones políticas de extrema derecha. La mejor muestra reciente de esta reconfortante realidad es que, durante el último Mundial de fútbol, la oleada de patriotismo alemán no traspasó casi nunca sus características lúdicas. La extrema derecha no pudo instrumentalizar y desvirtuar ese sentimiento.

El ejemplo del Historikerstreit alemán sugiere, pues, que el recuerdo duradero y crítico de una dictadura, de su guerra y de sus crímenes en la memoria colectiva de la sociedad requiere de tres condiciones básicas: una, la existencia de un debate académico sobre el tema; dos, la implicación no partidista de las instituciones. Cabe recordar que el proyecto del recientemente inaugurado nuevo Museo Histórico Alemán en Berlín recibió un impulso definitivo durante los años del Historikerstreit. Una consecuencia indirecta del mismo también fue el gran Monumento del Holocausto en la capital alemana, que se remonta a una decisión del Parlamento de 1999 y quedó abierto al público en 2005. La tercera condición para mantener el recuerdo crítico de la dictadura en la memoria colectiva es la socialización del debate, que no debe quedar limitado a los guetos académicos e intelectuales.

En España, donde, los 20 años del inicio del Historikerstreit coinciden con el 70 aniversario del comienzo de la Guerra Civil, todavía es pronto para saber si estas condiciones se están cumpliendo, aunque mis dudas se centran sobre todo en la tercera. Recientemente, Alberto Reig Tapia ha sostenido, con razón, en este periódico que los revisionistas españoles, con muy contadas excepciones, no tienen vínculo alguno con la historiografía académica. Y yo añadiría que su formación y reputación no tiene, por tanto, nada que ver con la de un Nolte o Hillgruber. Sin embargo, pese a que sus argumentos carezcan de solidez, sí es cierto que cuentan con un formidable apoyo mediático, que ha otorgado a más de uno de sus libros un éxito de ventas que ya quisieran tener para sí muchos de los historiadores profesionales.

¿Quiere esto decir que la penetración social del debate en torno a la Guerra Civil y al franquismo sólo -o casi sólo- se está logrando por el lado del revisionismo? ¿Acabará imponiéndose la tesis de que la República fue la verdadera culpable de la guerra y que Franco se vio casi forzado a intervenir para poner fin a la ingobernabilidad, el caos y la anarquía? ¿Qué pasaría si los revisionistas, dentro de un par de años, contasen no ya sólo con el apoyo mediático, sino también con el soporte político por parte de un nuevo gobierno, formado por un partido cuyos dirigentes siguen con problemas para condenar el régimen franquista, además de exhibir últimamente comportamientos, pensamientos y modales políticos mucho más cercanos a partidos de extrema derecha que a un partido democristiano conservador como fue la CDU de Kohl durante los primeros años del Historikerstreit?

Alguien me contestará: el PP no puede ganar las elecciones porque éstas no se ganan en el monte, sino en el centro. Para un historiador, empero, este argumento no pesa porque, primero, no invalida la preocupación por la socialización del debate y, segundo, olvida que la historia no es una ciencia exacta y puede permitirse muchos caprichos contra pronóstico. Está bien que tampoco en España el pasado quiera pasar, pero la lucha por determinar quién escribirá este pasado, y en qué términos lo hará, no está, ni mucho menos, decidida.

Ludger Mees

es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco-Euskal Herriko Unibertsitatea. […y vice-rector de Euskera desde el año 2004].

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[ENSPO]:

Rasgos generalísimos de la obra de Nolte

Aquello que caracteriza la obra de Nolte como historiador no es el cuestionamiento de ciertos hechos, sino su reinterpretación en un marco exegético o hermenéutico incompatible con el actualmente vigente. Nolte no niega los “horribles acontecimientos” repetidamente evacuados por Hollywood, sino que los enfoca desde una perspectiva alternativa y racional, poniendo en primer plano otros “hechos” incontestables que los historiadores a sueldo de la oligarquía omiten o simplemente ignoran, pero cuya “realidad” no se atreven a negar de forma explícita. La influencia de la filosofía de Heidegger, en Nolte, posibilita el ejercicio consciente del concepto de “construcción”, interpretación, selección, ordenación y jerarquización de los hechos históricos en función de un Entwurf (pro-yecto) trascendental-constituyente, más allá del mero amarre empírico-positivista de datos tan típico del negacionismo. Conviene añadir que, una vez más, los presuntos nacional-revolucionarios no sólo han desechado por lo general, como sabemos, a Heidegger (!vaya rollo!, protestaba el “cuadro” de “élite” Enrique Moreno Salinas), sino que, a consecuencia de ésta su persistente incomprensión de la filosofía, tenían también que ignorar a Nolte. Para los seguidores de este blog, el punto de partida de Nolte resultará “familiar”. En primer lugar, una historiografía que nuestro autor califica de “trágica”:

Una historiografía que no quiera limitarse a describir los grandes conflictos del siglo XX, sino verlos “desde dentro” y de modo mesurado, tiene que distanciarse y tomar una dimensión europea, casi planetaria; y deberá ser finalmente trágica

(Nolte, E., Después del comunismo. Aportaciones a la interpretación de la historia del siglo XX, Barcelona, Ariel, 1995, p. 211).

Y, en segundo lugar, la verdad:

La verdad es incómoda porque conduce a tensiones, pero al final acaba por despertar respeto allí donde, hasta entonces, sólo existió satisfacción entre los discípulos dóciles. La verdad histórica no es una suma de cosas singulares justas, o de resultados de investigaciones históricas especializadas, sino que existe sólo en la forma de intentos de interpretación global de la verdad, o de las verdades

(Nolte, E., op. cit., p. 213).

No abundaremos más en esta entrada introductoria, donde solamente deben quedar dibujados, con gruesos trazos, los rasgos metodológicos generalísimos de una historiografía basada en la ontología fundamental de Heidegger. De la importancia de dicha exégesis ya no dudarán quienes hasta el día de hoy reducían la filosofía heideggeriana a un montón de frases ininteligibles sin ninguna trascendencia política. Recordemos, al respecto, que Sein und Zeit (“Ser y tiempo”), la obra señera de Heidegger, tiene como “objeto” el existente en cuanto ser temporario-histórico. La tránsito de Heidegger a Nolte no es forzado, sino la “aplicación” metodológica natual del concepto de Dasein (ser-ahí o ahí del ser) a la historia contemporánea y, por ende, al fascismo. En este sentido y no obstante lo dicho transcribiremos un último fragmento de Nolte que, en cuanto historiador, únicamente Nolte podía haber escrito:

Se ha realizadon en tres planos la caracterización del fascismo. En el primero fue concebido como fenómeno político y determinado como “antimarxismo”, “que intenta destruir al enemigo mediante la constitución de una ideología radicalmente opuesta y sin embargo próxima, y el empleo de métodos casi idénticos, aunque realizados de modo característico, de los marcos inalterables de la arrogancia y la autonomía nacional”. Esta formulación ha podido realizarse previamente en la introducción y se ha demostrado cada vez más claramente en el transcurso del análisis. Tiene validez para todas las formas de fascismo. / La segunda caracterización que lo definió como “lucha a muerte del grupo soberano, guerrero, de carácter antagónico” ya no le considera un fenómeno en el marco de la política, sino que se ve en él el fundamento natural de la misma política, llevada a la autocomprensión. Esto sólo se percibe en su configuración radicalfascista y pudo exponerse suficientemente en tal contexto. / En el tercer plano, que es el más difícil de alcanzar y es el más fundamental, fascismo se denominó “oposición a la trascendencia”. Se puede observar esta definición en las manifestaciones más tempranas y posteriores: le caracteriza como fenómeno metapolítico. No puede hacerse comprensible mediante la referencia a detalles históricos, ni mediante simples interpretaciones. Requiere un nuevo principio si no quiere quedarse en la mera indicación oscura de una opinión

(Nolte, E., Der Faschismus in seiner Epoche, Munich, Piper, 1963, edición española Barcelona, Edicions 62, 1967, p. 487).

Y añade:

Puede parecer que nuestra exposición se ha alejado mucho del fascismo y ha pasado a lo impenetrable dentro de la terminología filosófica. Pero el punto de alejamiento más acusado significa también acceso a la evidencia de un nexo. Pues el intento de una caracterización trascedental del fascismo no tendrá base mientras no se sepa captarla en un proceso ideológico previo. El fascismo en cuanto tal no ha sido nunca propiamente objeto de una reflexión trascendental continuada

(Nolte, E., op. cit., p. 492).

(Excursus relativo a la “situación local” de la idea de una reflexión trascendental en torno al fascismo. Por nuestra parte, y pasando de lo abstracto a una experiencia concreta, podemos afirmar que la autocomprensión del fascismo se mueve habitualmente en el primer nivel de los tres señalados por Nolte, ignorando los otros dos. Al segundo nivel sólo llegaron, en España, Bases Autónomas y la Plataforma Nueva Europa; luego, pero desprendiéndose del primero, la Asociación Sin Tregua. En cuanto al tercer nivel, únicamente ENSPO fue aquí sujeto de “una reflexión trascendental continuada” del fenómeno fascista, cuya huella quedó inscrita en el opúsculo de Jaume Farrerons

“El problema cultural del fascismo”. Éste concibiose a la sazón al margen de noticia alguna de o sobre Nolte y sólo a partir de la lectura directa de Heidegger. Ni qué decir tiene que la coincidencia entre ENSPO y Nolte por caminos independientes carece de otro valor que el de la simple convicción personal. El intento de conservar los dos niveles previos fue en ENSPO, por otro lado, riguroso y coherente (nacionalismo hispánico, no español, desafío abierto a las fuerzas independentistas marxistas), pero puramente esquemático a pesar de las amenazas de la banda terrorista Terra Lliure. La actual Izquierda Nacional de los Trabajadores (INTRA) encarna la culminación ideológica y política del proceso que empendiera en su día ENSPO y la Plataforma Nueva Europa (fundada por ENSPO y el Movimiento Voluntad). Fuera de España, la reflexión trascendental sobre al fascismo está representada por el opúsculo “La esencia del fascismo”, de Giorgio Locchi, que Farrerons ya conocía cuando redactó “El problema cultural del fascismo” (en el fondo, de alguna manera, una problematización crítica de aquél). Farrerons nunca ha ocultado sus deudas intelectuales, pero lo cierto es que mientras Locchi concible el fascismo como cosa de la “derecha” y encima como “mito”, para Farrerons el fascismo empuña de forma inconsciente, no teórica, preteórica o existencial, la última etapa de la radicalización y consumación “izquierdista” del proceso  de racionalización científica, emprendido por la ilustración, en lo que respecta a la negación de la moral cristiana y no sólo de la teología o las creencias religiosas monoteístas.)

Nuestra propia interpretación del fascismo y de la Segunda Guerra Mundial se inspira así en el planteamiento de Nolte, pero, debido a las tempranas raíces filosóficas autónomas, con un “añadido” no inecdótico: que hemos apurado, obedeciendo empero a la misma metodología heideggeriana, ontológico-fundamental, algunos de los enfoques y conclusiones del historiador alemán. Nolte sostiene que el gulag precedió a Auschwitz y explica el surgimiento del fascismo como reacción frente a aquél. Para nosotros, no sólo el gulag precedió a Auschwitz, sino que, además de por el gulag, Auschwitz fue precedido de un plan de exterminio del pueblo alemán, un “hecho” perfectamente conocido y documentado, pero ensordecido por el academicismo oligárquico y no digamos ya por los “medios de comunicación” sistémicos. Dicho plan, que denominaremos aquí Kaufman-Morgenthau y quecomienza a aplicarse con los bombardeos terroristas ingleses contra las ciudades alemanas, fue “aquello que” (siempre obviado) desencadenó Auschwitz.

Debemos subrayar, sin embargo, que en este blog no compartimos la mayoría de las tesis de Nolte, las cuales consideramos bien encaminadas pero, en definitiva, erradas en su trasfondo filosófico último, precisamente aquello que, en primera instancia, las hacía más fructíferas. Nolte nunca llega hasta el final y permanece deudor de posiciones políticas conservadoras. El debate de las teorías noltianas nos aleja, en todo caso, del terreno habitual de las pseudo polémicas teledirigidas alrededor del fascismo y nos permite abordar con desahogo teórico una discusión verdaderamente libre y fecunda de los temas cruciales de nuestro tiempo. Con Nolte la historiografía escapa a la camisa de fuerza del hospital psiquiátrico yanqui-estalinista (donde internaron, por ejemplo, a Ezra Pound) y toma vida propia. Hacemos nuestro el contexto noltiano, no, empero, su exégesis ni, mucho menos, algunas de sus harto dudosas conclusiones sobre la singularidad del holocausto y el carácter contrarrevolucionario del fascismo, entre otras.

Este planteamiento interpretativo historiográfico es perfectamente compatible con un revisionismo moderado y, por nuestra parte, rechazamos, como no probada, la existencia de un plan estatal de exterminio de los judíos bajo el régimen nacionalsocialista. Las actuaciones de los Einsatzgruppen en el frente del Este fueron ordenadas por Berlín, sin duda alguna, pero su finalidad es inseparable del contexto de la guerra anticomunista contra el “judeobolchevismo” (tal como era concebido por los ideólogos nazis); tiene esa masacre, sin duda, carácter genocida e intencional, pero no busca la supresión del pueblo judío en su totalidad. Cuestionamos, asimismo, la importancia concedida a las cámaras de gas, las cuales, en el supuesto de que realmente existieran tal como se las ha descrito (algo que no ha sido tampoco probado jamás de forma satisfactoria), no tuvieron ni mucho menos el exagerado papel que se les atribuye. Finalmente, negamos la cifra de 6 millones de judíos exterminados, un dígito enormemente hinchado por la propaganda con fines políticos. Concedido esto, conviene aclarar lo siguiente: la escuela funcionalista de historiadores oficiales ya ha rechazado la existencia de un plan de exterminio de los judíos y se atiene a la evidencia de una persecución y maltrato “difusos”, no planificados, espontáneos (al modo de un pogrom). La inflación fraudulenta de todo lo relativo al uso del Zyklon B fue denunciada nada menos que por Daniel Goldhagen en su famosa obra y nauseabunda obra Los verdugos voluntarios de Hitler. Y la cifra de 6 millones fue mucho tiempo ha objeto de recortes por instituciones comunistas nunca contestadas del lado de los historiadores “científicos”, quienes ya antes de 1989 hablaban de 5,1 millones y hasta de 4,5 millones de víctimas hebreas (no contamos aquí los prisioneros rusos, los gitanos, los opositores al régimen, etc). El reconocimiento oficial de que en Auschwitz no perecieron 4 millones de personas, sino a lo sumo 1,5 millones, fuerza a restar al menos algunos millones a los 4,5 millones admitidos antes de la caída del muro de Berlín, con lo que tenemos un total de víctimas judías que no rebasa los 2-3 millones. De ellos hay que descontar además los que fallecieron, como resultado del brutal y provocado descoyuntamiento de Alemania en los últimos meses de la guerra, por  epidemias de tifus y otras “causas naturales”. Lo que reduce a aproximadamente 1,5 millones el número de los asesinados por motivos raciales, buena parte de ellos a manos de los Einsatzgruppen (en el frente del Este). Un millón y medio de víctimas, incluyendo ancianos, mujeres y niños, es ya un genocidio, pero las autoridades del bando vencedor no admitirán nunca esta “verdad” en la medida en que se pretenda que “el Holocausto” siga siendo utilizado, a lo largo de un nuevo siglo “sionista”, como instrumento de propaganda para reducir el fascismo al “mal absoluto”. Obsérvese, además, qué ocurre cuando se compara ese millón y medio de víctimas judías con las actuaciones genocidas de los aliados.

En efecto, el volumen de “liquidados” por el plan de exterminio emprendido antes de que empezara el holocausto contra el pueblo alemán asciende, como poco, a 13 millones de personas, civiles o militares desarmados (no se incluyen en el cómputo los caídos en combate). !Y todo ello impunemente y en nombre del pacifismo, la democracia y los derechos humanos!  Es más: del amor y la universal fraternidad. !Retorcidos e hipócritas fariseos! ¿Quién merece aquí realmente el calificativo de “mal absoluto”, por no hablar de un vómito en la cara?

En consecuencia, parece obvio que no es necesario “negar” el holocausto para sembrar la histeria y el pánico entre los relatores y escribientes de la narración mítica hollywoodiense. Más eficaz que eso es reconocer la verdad, admitir la persecución nazi de los judíos y la existencia de millones de víctimas de los nazis, judías o no judías, pero rechazando al mismo tiempo la interpretación política y periodística (o cinematográfica, que viene a ser lo mismo) de lo sucedido durante la Segunda Guerra Mundial. Nolte fue el primer historiador académico en señalar el camino; tendrá que ser la verdad, y no una versión política filofascista de los hechos históricos, la que, paradójicamente, más consecuencias políticas negativas genere en perjuicio de la oligarquía transnacional sionista.

Nolte y el revisionismo 

Aunque Nolte no es un outsider revisionista, sino un historiador académico que acepta la existencia del holocausto, su singularidad y, además, desde una posición intencionalista, hay algo en él que alarma extraordinariamente a los intelectuales e historiadores orgánicos del sistema, a saber, su compromiso con la verdad, su honestidad y la evidencia de que no trabaja para la secta, sino que “va por libre”. La soledad de Nolte en Alemania se debe, pues, menos a sus tesis en sí mismas que a su actitud independiente, desafiante y patriótica. A través de Nolte habla la Alemania ultrajada, calumniada, pisoteada…, convertida, como admite Furet, en chivo expiatorio de todos los males del siglo XX. Pero Nolte tampoco puede hallar refugio entre los neonazis. Se encuentra, al igual que Heidegger, marginado por unos “patriotas” cuya incurable idiotez no deja de favorecer al enemigo político de la nación. Es la soledad del héroe.

 
 
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Nota de HIRANIA: Este post se compone de textos publicados en en el blog FILOSOFIA CRÍTICA.

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DOCUMENTOS ANEXOS http://www.akadem.org/sommaire/themes/philosophie/les-grands-penseurs/hannah-arendt/peut-on-encore-lire-heidegger-18-04-2008-7285_299.php

 [ *] artículo de Ernst Nolte publicado en F.A.Z. en 6 de junio  de 1986
 
VERGANGENHEIT, DIE NICHT VERGEHEN WILL
Ernst Nolte

Mit der “Vergangenheit, die nicht vergehen will”, kann nur die nationalsozialistische Vergangenheit der Deutschen oder Deutschlands gemeint sein. Das Thema impliziert die These, daß normalerweise jede Vergangenheit vergeht und daß es sich bei diesem Nicht-Vergehen um etwas ganz Exzeptionelles handelt. Andererseits kann das normale Vergehen der Vergangenheit nicht als ein Verschwinden gefaßt werden. Das Zeitalter des Ersten Napoleon etwa wird in historischen Arbeiten immer wieder vergegenwärtigt und ebenso die Augusteische Klassik. Aber diese Vergangenheiten haben offenbar das Bedrängende verloren, das sie für die Zeitgenossen hatten. Eben deshalb können sie den Historikern überlassen werden. Die nationalsozialistische Vergangenheit dagegen unterliegt-wie kürzlich noch Hermann Lübbe hervorgehoben hat – anscheinend diesem Hinschwinden, diesem Entkräftigungsvorgang nicht, sondern sie scheint immer noch lebendiger und kraftvoller zu werden, aber nicht als Vorbild, sondern als Schreckbild, als eine Vergangenheit, die sich geradezu als Gegenwart etabliert oder die wie ein Richtschwert über der Gegenwart aufgehängt ist.
Schwarz-Weiß-Bilder
Dafür gibt es gute Gründe. Je eindeutiger sich die Bundesrepublik Deutschland und die westliche Gesellschaft überhaupt zur “Wohlstandsgesellschaft” entwickeln, um so befremdender wird das Bild des Dritten Reiches mit seiner Ideologie der kriegerischen Opferbereitschaft, der Maxime “Kanonen statt Butter”, der bei Schulfesten im Chor herausgeschmetterten Edda-Zitate wie “Unser Tod wird ein Fest”. Alle Menschen sind heute Gesinnungspazifisten, aber sie können gleichwohl nicht aus sicherer Distanz auf den Bellizismus der Nationalsozialisten blicken, denn sie wissen, daß die beiden Supermächte Jahr für Jahr weitaus mehr für ihre Rüstung ausgeben, als Hilter von 1933 bis 1939 ausgegeben hatte, und so bleibt eine tiefe Unsicherheit, die den Feind lieber im Eindeutigen anklagt als in der Verwirrung der Gegenwart. Ähnliches gilt für den Feminismus: Im Nationalsozialismus war der “Männlichkeitswahn” noch voll von provozierendem Selbstbewußtsein, und in der Gegenwart neigt er dazu, sich zu verleugnen und zu verstecken – der Nationalsozialismus ist also der gegenwärtige Feind in seiner letzten noch ganz unverkennbaren Erscheinungsform. Der Anspruch Hitlers auf “Weltherrschaft” muß sich um so ungeheuerlicher ausnehmen, je unzweideutiger sich herausstellt, daß die Bundesrepublik in der Weltpolitik allenfalls die Rolle eines Staates von mittlerer Größenordnung spielen kann -“Harmlosigkeit” jedoch wird ihr gleichwohl nicht attestiert, und an vielen Stellen ist die Befürchtung noch lebendig, sie könne zwar nicht zur Ursache, aber doch zum Ausgangspunkt eines dritten Weltkriegs werden. Mehr als alles andere trug indessen die Erinnerung an die “Endlösung” zum Nichtvergehen der Vergangenheit bei, denn die Ungeheuerlichkeit der fabrikmäßigen Vernichtung von mehreren Millionen Menschen mußte um so unfaßbarer werden, je mehr die Bundesrepublik Deutschland durch ihre Gesetzgebung sich der Vorhut unter den humanitären Staaten hinzugesellte. Aber Zweifel blieben eben auch hier, und zahlreiche Ausländer glaubten und glauben ebensowenig wie viele Deutsche an die Identität von “pays légal” und “pays réel”.
Aber war es wirklich nur die Verstocktheit des “pays réel” der Stammtische, die diesem Nichtvergehen der Vergangenheit widerstrebte und einen “Schlußstrich” gezogen wissen wollte, damit die deutsche Vergangenheit sich nicht mehr grundsätzlich von anderen Vergangenheiten unterscheide?
 
Steckt nicht in vielen der Argumente und Fragen ein Kern des Richtigen, die gleichsam eine Mauer gegen das Verlangen nach immer fortgehender “Auseinandersetzung” mit dem Nationalsozilismus aufrichten? Ich führe einige dieser Argumente oder Fragen an, um dann einen Begriff desjenigen “Verfehlens” zu entwickeln, das nach meiner Auffassung das entscheidende ist, und diejenige “Auseinandersetzung” zu umreißen, die von einem “Schlußstrich” ebenso weit entfernt ist wie von der immer wieder beschworenen “Bewältigung”.
Gerade diejenigen, die am meisten und mit dem negativsten Akzent von “Interessen” sprechen, lassen die Frage nicht zu, ob bei jenem Nichtvergehen der Vergangenheit auch Interessen im Spiel waren oder sind. Etwa die Interessen der Verfolgten und ihrer Nachfahren an einem permanenten Status des Herausgehoben- und Privilegiertseins.
Die Rede von der “Schuld der Deutschen” übersieht allzu geflissen die Ähnlichkeit mit der Rede von der “Schuld der Juden”, die ein Hauptargument der Nationalsozialisten war. Alle Schuldvorwürfe gegen “die Deutschen”, die von Deutschen kommen, sind unaufrichtig, da die Ankläger sich selbst oder die Gruppe, die sie vertreten, nicht einbeziehen und im Grunde bloß den alten Gegnern einen entscheidenden Schlag versetzen wollen.
Die der “Endlösung” gewidmete Aufmerksamkeit lenkt von wichtigen Tatbeständen der nationalsozialistischen Zeit ab wie etwas der Tötung “lebensunwerten Lebens” und der Behandlung der russischen Kriegsgefangenen, vor allem aber von entscheidenden Fragen der Gegenwart – etwa denjenigen des Seinscharkters von “ungeborenem Leben” oder des Vorliegens von “Völkermord” gestern in Vietnam und heute in Afghanistan.
Das Nebeneinander dieser zwei Argumentationsreihen, von denen die eine im Vordergrund steht, aber sich doch nicht vollständig durchsetzen konnte, hat zu einer Situation geführt, die man als paradox oder auch als grotesk bezeichnen kann.
Eine voreilige Äußerung eines Bundestagsabgeordneten zu gewissen Forderungen der Sprecher jüdischer Organisationen oder das Ausgleiten eines Kommunalpolitikers in eine Geschmacklosigkeit werden zu Symptomen von “Antisemitismus” aufgebauscht, als wäre jede Erinnerung an den genuinen und keineswegs schon nationalsozialistischen Antisemitismus der Weimarer Zeit verschwunden, und um die gleiche Zeit läuft im Fernsehen der bewegende Dokumentarfilm “Shoah” eines jüdischen Regisseurs, der es in einigen Passagen wahrscheinlich macht, daß auch die SS-Mannschaften der Todeslager auf ihre Art Opfer sein mochten und daß es andererseits unter den polnischen Opfern des Nationalsozialismus virulenten Antisemitismus gab.
 
Zwar rief der Besuch des amerikanischen Präsidenten auf dem Soldatenfriedhof Bitburg eine sehr emotionale Diskussion hervor, aber die Furcht vor der Anklage der “Aufrechnung” und vor Vergleichen überhaupt ließ die einfache Frage nicht zu, was es bedeutet haben würde, wenn der damalige Bundeskanzler sich 1953 geweigert hätte, den Soldatenfriedhof von Arlington zu besuchen, und zwar mit der Begründung, dort seien auch Männer begraben, die an den Terrorangriffen gegen die deutsche Zivilbevölkerung teilgenommen hätten.
 
Für den Historiker ist eben dies die beklagenswerteste Folge des “Nichtvergehens” der Vergangenheit: daß die einfachsten Regeln, die für jede Vergangenheit gelten, außer Kraft gesetzt zu sein scheinen, nämlich daß jede Vergangenheit mehr und mehr in ihrer Komplexität erkennbar werden muß, daß der Zusammenhang immer besser sichtbar wird, in den sie verspannt war, daß die Schwarz-Weiß-Bilder der kämpfenden Zeitgenossen korrigiert werden, daß frühere Darstellungen einer Revision unterzogen werden.
Genau diese Regel aber erscheint in ihrer Anwendung auf das Dritte Reich “volkspädagogisch gefährlich”: Könnte sie nicht zu einer Rechtfertigung Hitlers oder mindestens zu einer “Exkulpation der Deutschen” führen? Zieht dadurch nicht die Möglichkeit herauf, daß die Deutschen sich wieder mit dem Dritten Reich identifizieren, wie sie es ja in ihrer großen Mehrheit mindestens während der Jahre 1935 bis 1939 getan haben, und daß sie die Lektion nicht lernen, die ihnen von der Geschichte aufgetragen worden ist?
Darauf läßt sich in aller Kürze und apodiktisch antworten: Kein Deutscher kann Hitler rechtfertigen wollen, und wäre es nur wegen der Vernichtungsbefehle gegen das deutsche Volk vom März 1945. Daß die Deutschen aus der Geschichte Lehren ziehen, wird nicht durch die Historiker und Publizisten garantiert, sondern durch die vollständige Veränderung der Machtverhältnisse und durch die anschaulichen Konsequenzen von zwei großen Niederlagen. Falsche Lehren können sie freilich immer noch ziehen, aber dann nur auf einem Wege, der neuartig und jedenfalls “antifaschistisch” sein dürfte.
Es ist richtig, daß es an Bemühungen nicht gefehlt hat, über die Ebene der Polemik hinauszukommen und ein objektiveres Bild des Dritten Reiches und seines Führers zu zeichnen; es genügt, die Namen von Joachim Fest und Sebastian Haffner zu nennen. Beide haben aber in erster Linie den “innerdeutschen Aspekt” im Blick. Ich will im folgenden versuchen, anhand einiger Fragen und Schlüsselworte die Perspektive anzudeuten, in der diese Vergangenheit gesehen werden sollte, wenn ihr jene “Gleichbehandlung” widerfahren soll, die ein prinzipielles Postulat der Philosophie und der Geschichtswissenschaft ist, die aber nicht zu Gleichsetzungen führt, sondern gerade zur Herausstellung von Unterschied.
Erhellende Schlüsselworte
Max Erwin von Scheubner-Richter, der später einer der engsten Mitarbeiter Hitlers war und dann im November 1923 bei dem Marsch zur Feldherrenhalle von einer tödlichen Kugel getroffen wurde, war 1915 als deutscher Konsul in Erzerum tätig. Dort wurde er zum Augenzeugen jener Deportationen der armenischen Bevölkerung, die den Anfang des ersten großen Völkermordes des 20. Jahrhunderts darstellten. Er scheute keine Mühe, den türkischen Behörden entgegenzutreten, und sein Biograph schließt im Jahre 1938 die Schilderung der Vorgänge mit folgenden Sätzen: “Aber was waren diese wenigen Menschen gegen den Vernichtungswillen der türkischen Pforte, die sich sogar den direktesten Mahnungen aus Berlin verschloß, gegen die wölfische Wildheit der losgelassenen Kurden, gegen die mit ungeheurer Schnelligkeit sich vollziehende Katastrophe, in der ein Volk Asiens mit dem anderen nach asiatischer Art, fern von europäischer Zivilisation, sich auseinandersetzte?”
Niemand weiß, was Scheubner-Richter getan oder unterlassen haben würde, wenn er anstelle von Alfred Rosenberg zum Minister für die besetzten Ostgebiete gemacht worden wäre. Aber es spricht sehr wenig dafür, daß zwischen ihm und Rosenberg und Himmler, ja sogar zwischen ihm und Hitler selbst ein grundlegender Unterschied bestand. Dann aber muß man fragen: Was konnte Männer, die einen Völkermord, mit dem sie in nahe Berührung kamen, als “asiatisch” empfanden, dazu veranlassen, selbst einen Völkermord von noch grauenvollerer Natur zu initiieren? Es gibt erhellende Schlüsselworte. Eins davon ist das folgende:
 
Als Hitler am 1. Februar 1943 die Nachricht von der Kapitulation der 6. Armee in Stalingrad erhielt, sagte er in der Lagebesprechung gleich voraus, daß einige der gefangenen Offiziere in der sowjetischen Propaganda tätig werden würden: “Sie müssen sich vorstellen, er (ein solcher Offizier) kommt nach Moskau hinein, und stellen Sie sich den “Rattenkäfig” vor. Da unterschreibt er alles. Er wird Geständnisse machen, Aufrufe machen…”
Die Kommentatoren geben die Erläuterung, mit “Rattenkäfig” sei die Lubjanka gemeint. Ich halte das für falsch.
In George Orwells “1984” wird beschrieben, wie der Held Winston Smith durch die Geheimpolizei des “Großen Bruders” nach langen Folterungen endlich gezwungen wird, seine Verlobte zu verleugnen und damit auf seine Menschenwürde Verzicht zu tun. Man bringt einen Käfig vor seinen Kopf, in dem eine vor Hunger halb irrsinnig gewordene Ratte sitzt. Der Vernehmungsbeamte droht, den Verschluß zu öffnen, und da bricht Winston Smith zusammen. Diese Geschichte hat Orwell nicht erdichtet, sie findet sich an zahlreichen Stellen der antibolschewistischen Literatur über den russischen Bürgerkrieg, unter anderem bei dem als verläßlich geltenden Sozialisten Melgunow. Sie wird der “chinesischen Tschka” zugeschrieben.
Archipel Gulag und Auschwitz
 
Es ist ein auffallender Mangel der Literatur über den Nationalsozialismus, daß sie nicht weiß oder nicht wahrhaben will, in welchem Ausmaß all dasjenige, was die Nationalsozialisten später taten, mit alleiniger Ausnahme des technischen Vorgangs der Vergasung, in einer umfangreichen Literatur der frühen zwanziger Jahre bereits beschrieben war: Massendeportationen und -erschießungen, Folterungen, Todeslager, Ausrottungen ganzer Gruppen nach bloß objektiven Kriterien, öffentliche Forderungen nach Vernichtung von Millionen schuldloser, aber als “feindlich” erachteter Menschen. Es ist wahrscheinlich, daß viele dieser Berichte übertrieben waren. Es ist sicher, daß auch der “weiße Terror” fürchterliche Taten vollbrachte, obwohl es in seinem Rahmen keine Analogie zu der postulierten “Ausrottung der Bourgeosie” geben konnte. Aber gleichwohl muß die folgende Frage als zulässig, ja unvermeidbar erscheinen: Vollbrachten die Nationalsozialisten, vollbrachte Hitler eine “asiatische” Tat vielleicht nur deshalb, weil sie sich und ihresgleichen als potentielle oder wirkliche Opfer einer “asiatischen” Tat betrachteten? War nicht der “Archipel GULag” ursprünglicher als “Auschwitz”? War nicht der “Klassenmord” der Bolschewiki das logische und faktische Prius des “Rassenmords” der Nationalsozialisten? Sind Hitlers geheimste Handlungen nicht gerade auch dadurch zu erklären, daß er den “Rattenkäfig” nicht vergessen hatte? Rührte Auschwitz vielleicht in seinen Ursprüngen aus einer Vergangenheit her, die nicht vergehen wollte?
Man braucht das verschollene Büchlein von Melgunow nicht gelesen zu haben, um solche Fragen zu stellen. Aber man scheut sich, sie aufzuwerfen, und auch ich habe mich lange Zeit gescheut, sie zu stellen. Sie gelten als antikommunistische Kampfthesen oder als Produkte des kalten Krieges. Sie passen auch nicht recht zur Fachwissenschaft, die immer engere Fragestellungen wählen muß. Aber sie beruhen auf schlichten Wahrheiten. Wahrheiten willentlich auszusparen, mag moralische Gründe haben aber es verstößt gegen das Ethos der Wissenschaft.
Die Bedenken wären nur dann berechtigt, wenn man bei diesen Tatbeständen und Fragen stehenbliebe und sie nicht ihrerseits in einen größeren Zusammenhang stellte, nämlich in den Zusammenhang jener qualitativen Brüche in der europäischen Geschichte, die mit der industriellen Revolution beginnen und jeweils eine erregte Suche nach den “Schuldigen” oder doch nach den “Urhebern” einer als verhängnisvoll betrachteten Entwicklung auslösten. Erst in diesem Rahmen würde ganz deutlich werden, daß sich trotz aller Vergleichbarkeit die biologischen Vernichtungsaktionen des Nationalsozialismus qualitativ von der sozialen Vernichtung unterschieden, die der Bolschewismus vornahm. Aber so wenig wie ein Mord, und gar ein Massenmord, durch einen anderen Mord “gerechtfertigt” werden kann, so gründlich führt doch eine Einstellung in die Irre, die nur auf den einen Mord und den einen Massenmord hinblickt und den anderen nicht zur Kenntnis nehmen will, obwohl ein kausaler Nexus wahrscheinlich ist. Wer sich diese Geschichte nicht als Mythologem, sondern in ihren wesentlichen Zusammenhängen vor Augen stellt, der wird zu einer zentralen Folgerung getrieben: Wenn sie in all ihrer Dunkelheit und in all ihren Schrecknissen, aber auch in der verwirrenden Neuartigkeit, die man den Handelnden zugute halten muß, einen Sinn für die Nachfahren gehabt hat, dann muß er im Freiwerden von der Tyrannei des kollektivistischen Denkens bestehen. Das sollte zugleich die entschiedene Hinwendung zu allen Regeln einer freiheitlichen Ordnung bedeuten, einer Ordnung, welche die Kritik zuläßt und ermutigt, soweit sie sich auf Handlungen, Denkweisen und Traditionen bezieht, also auch auf Regierungen und Organisationen aller Art, die aber die Kritik an Gegebenheiten mit dem Stigma des Unzulässigen versehen muß, von denen die Individuen sich nicht oder nur unter größten Anstrengungen lösen können, als die Kritik an “den” Juden, “den” Russen, “den” Deutschen oder “den” Kleinbürgern. Sofern die Auseinandersetzungen mit dem Nationalsozialismus gerade von diesem kollektivistischen Denken geprägt ist, sollte endlich ein Schlußstrich gezogen werden. Es ist nicht zu leugnen, daß dann Gedankenlosigkeit und Selbstzufriedenheit um sich greifen könnten. Aber das muß nicht so sein, und Wahrheit darf jedenfalls nicht von Nützlichkeit abhängig gemacht werden. Eine umfassende Auseinandersetzung, die vor allem im Nachdenken über die Geschichte der letzten zwei Jahrhunderte bestehen müßte, würde die Vergangenheit, von der im Thema die Rede ist, zwar ebenso zum “Vergehen” bringen, wie es jeder Vergangenheit zukommt, aber sie würde sie sich gerade dadurch zu eigen machen.
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[***] Tanto Nolte como Andreas Hillgruber, con su nuevo libro La destrucción del Reich alemán y el final del judaísmo europeo, concluyen que los crímenes nazis no fueron una aberración histórica única consecuencia del desarrollo de la nación, sino un capítulo más en la cadena de crímenes que ha cometido y cometerá la humanidad.

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NOTA de HIRANIA: Hace dias Jvlio Sanz envió a la sección de Comentarios de FILOSOFÍA CRÍTICA una carta, la cual tuvorespuesta por parte de ENSPO:

 jvlio sanzdijo…

hace años sigo asiduamente FILOSOFÍA CRÍTICA. Tanto es así que me he permitido reproducir el post dedicado recientemente a Ernst Nolte. He creído conveniente aclarar el origen o autoría de algunos párrafos a fin de facilitar la lectura. Pueden verlo en este enlace:
https://hirania.wordpress.com/2012/09/01/ernst-nolte-un-historiador-heideggeriano/

Espero que si tienen algún inconveniente me lo hagan saber.
Gracias.

4:27 a.m.

 

Blogger ENSPOdijo…

Es un honor para nosotros que difunda los contenidos de este blog, y también una forma de colaborar con la causa de la verdad que le agradecemos, máxime cuando usted indica la procedencia y ayuda así a que el blog propague sus efectos por la red.

Saludos y gracias.

9:11 a.m.

 
 
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