“me declaro fascista”

ME DECLARO FASCISTA

Me declaro “fascista” y el desideratum de la muerte define mi seña de identidad. No hemos venido a este mundo para ser felices, sino para comprender la verdad. Un simple virus tiene que ser más feliz que el desgraciado homo-sapiens. Y ellos, los humanes, ¿no aspiran a ser, pese a toda su sofisticación y moralmente hablando, sólo eso, virus con corbata? Nosotros no queremos pertenecer a la especie humana. Nos han echado, gracias. Todo un privilegio, visto lo que hay. Nosotros somos mortales o, en el lenguaje de los humanes, “cerdos asesinos fascistas”. Nuestro crimen no consiste, empero, en haber matado a nadie, sépanlo oh filisteos de los derechos humanos, sino en haber “legitimado” la muerte (que el mono evolucionado se apresura a confundir con el asesinato). Hemos querido la muerte, la finitud, allí donde aceptamos vivir siquiera un solo minuto más, beber un trago de vino, respirar el aire de esta tierra, sufrir y gozar, luchar y perecer por nuestra gentil causa…
Los “fascistas”, lejos de culpables ontológicos, enfrentamos enemigos políticos a los que no guardaremos animadversión personal alguna; no somos “buenos”, no lloriqueamos de autocompasión revolcándonos en la bonitez de nuestra alma repleta de utopías (patentes de corso del exterminio en masa), no nos arrastramos cargados de odio contra una realidad, la naturaleza (phýsis, en el sentido griego), de la que nadie es “responsable” y que, al mismo tiempo, todos “creamos” y convalidamos por el simple hecho de continuar viviendo.
Elegir el campo del “fascismo” supone asumir la verdad hasta las últimas consecuencias, consumar los imperativos de la razón más allá de los “sentimientos” de que el homo-sapiens se enorgullece como signo inequívoco de su superioridad (oficina de expedición del justificado derecho a matar). Dicho brevemente: fascismo: todo lo contrario de aquello que el sistema caracteriza como “la extrema derecha”. No otro es el anzuelo en el que han picado, gracias a personajes como Milá, Evola, Guénon y otros agentes del dispositivo oligárquico de dominación, generaciones enteras de nacional-revolucionarios, convertidos a la postre en pura escoria subhumana.
La última estrategia de la oligarquía en Europa ha sido imputar a “Alemania” y a unos fascistas inexistentes por la propia “crisis” (algo que ya se ensayó con Pinochet y las dictaduras sudamericanas, promovidas por EEUU e Israel sólo para borrar del mapa al único “fascismo” más o menos real allí detectable, el peronismo). Produce agobiante bochorno observar cómo partidos políticos aparentemente críticos -un ejemplo: el PNR- caen en la tentación de lo fácil y agitan el fantasma del “antifascismo de resorte” denunciando el IV Reich de la Merkel; al parecer no se han enterado todavía de que Berlín es hoy únicamente una triste franquicia local de la secta sionista con sede en Wall Street.
Muy cerca de ese mismo fraude merodea la añagaza dialéctica de impostores como Stéphane Hessel (y de legiones de escritorzuelos que viven de vincular cualquier suceso luctuoso, generado por el mismo sistema genocida que les da de comer, con las malas artes del satánico Adolf Hitler). “Fascistas” han de ser incluso aquellos comunistas que asesinaron a 100 millones de personas en nombre del antifascismo utópico-profético y cuyas víctimas eran acusadas, precisamente, de ser fascistas (= negar la “felicidad humana”). Es lo que pretendía el judío André Glucksmann en “La cocinera y el devorador de hombres. Ensayo sobre el Estado, el marxismo y los campos de concentración” (1975, vid. pp. 193-194 de la edición castellana, Barcelona, 1977). Ha tenido éxito el mangante de turno, hay que reconocerlo. La tropa de zombies se lo traga todo. Reductio ad absurdum de una fe –credo quia absurdum est– que renunció de antemano a la razón por miedo a la verdad pero que, con todo desparpajo, acusa a los disidentes (= fascistas) de “irracionalistas”, mientras incurre, de manera consciente, deliberda, tramposa, propia de verdaderos pillos o personajes de picaresca, pero sin enrojecer nunca de vergüenza, en el completo manual universitario de los paralogismos.
La Marca Hispánica, 22 de diciembre de 2012
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Fuente:
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