El odio nace del miedo

Es muy común la creencia de que el amor y el odio son contrarios y antagónicos… , de modo que se acepta que si por ejemplo se ama la virtud… hay que odiar a los pecadores.

Lo que, en mi opinión es correcto es que hay que odiar al pecado pero no a los pecadores.

Jesucristo dio la doctrina, sólo al alcance de personas de alta espiritualidad y virtud, de que se puede y debe amar a los “enemigos”.  Por supuesto, hay que precisar y distinguir entre  “enemigos privados” y “enemigos públicos”.  Hay quienes opinan que el mandato de Cristo sólo se refiere a los enemigos privados.  Pues, de otro modo, ¿cómo se justifican las penas y castigos que la Etica y los códigos y leyes de muchos Estados, incluidos los confesionalmente católicos o cristianos, prescriben contra los criminales? ¿Y qué decir de las guerras santas o cruzadas?.

La explicación está en que lo que Cristo prohibe es el odio. La Iglesia Católica y, en general las iglesias cristianas, aceptan y recomiendan la lucha y la guerra contra los enemigos de la Cristiandad. Así por ejemplo, durante la guerra civil en España, desde 1936 a 1939, entre los soldados católicos de las milicias “carlistas” o tradicionalistas, había el lema de “disparad, pero disparar sin odio”.  Incluso es perfectamente comprensible que muchos militares y patriotas defienden su país y atacan a los enemigos o invasores, en una guerra justa, sin sentir necesariamente odio.

Por otra parte, cabe señalar que, por ejemplo, en las disputas,  refriegas o combates entre individuos, el odio es muchas veces expresión del miedo que provoca el adversario. Incluso cabe decir que el miedo es una emoción indigna, propia de un sentimiento de debilidad e incluso de cobardía.  Es posible el miedo en combatientes heroicos y valientes,  pero lo que no parece estar moralmente justificado es el odio. El odio es insano y hace daño también a quien lo siente. Por consiguiente, es muy posible combatir e incluso matar a los enemigos, tanto públicos como privados, sin experimentar odio y, a veces, incluso sintiendo lástima, afecto y respeto por el adversario, al cual, dadas determinadas circunstancias, hay que derrotar por todos los medios posibles.

Así podría comprenderse y aceptarse el precepto cristiano de amar incluso a los enemigos. En todo caso, hay quienes creen que este mandato de Jesús no sería de obligado cumplimiento para todos los hombres y sí una prueba suprema de virtud, al alcance de una minoría de virtuosos.

Y, por último, en cuanto al odio hay que decir que es un sentimiento que denota debilidad ante el adversario y le da incluso justificación a su agresividad. Así, si un agresor criminal se ve rechazado o atacado con furibundo odio,  puede sentirse envalentonado y enfurecido hasta el punto de creerse moralmente respaldado en su ataque, aunque también es verosímil que ante un ataque tenaz y brutal, el agresor puede caer abatido o darse a la fuga.

Julio Sanz Tresmontes, 18 de diciembre de 2016.

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